Categoría: Opinión
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HACIA UN NUEVO PARADIGMA

Colombia fue pionera en Latinoamérica al consagrar en su Constitución Política el principio del desarrollo sostenible y al crear el Ministerio de Ambiente, como cabeza visible del Sistema Nacional Ambiental (SINA), a través de Lay 99 de 1993, que ya cumple 22 años de expedida. A través de la misma se les dio un giro y otro perfil a las corporaciones autónomas regionales, que a partir de entonces hacen parte del SINA.

Me cupo en suerte ser uno de los ponentes de esta Ley a través de la Comisión V del Senado, lo cual me llevó a hacer algunas reflexiones que quiero compartir con ustedes a propósito del clima y el agua, que son los temas que nos ocupan en esta jornada de trabajo que realizaremos el día de hoy.
Como se recordará entre 1992 y 1993 el país padeció 14 largos meses de racionamiento del servicio de energía eléctrica a consecuencia del fenómeno del Niño. Pues bien, me correspondió coordinar la Comisión congresional que analizó las causas y determinó los responsables del “apagón”, como se le denominó desde entonces. Y pudimos establecer que la principal causa del colapso del sistema eléctrico había radicado en la subestimación del costo del racionamiento y esta a su vez se atribuía al hecho de partir de la falacia de que el agua tenía costo cero. 
Me atreví a cuestionarla con mi tesis, considerada para entonces una herejía, en el sentido de que el agua había dejado de ser un bien libre para convertirse en un bien económico y fui más lejos al aventurar la afirmación de que el agua había dejado de ser un recurso renovable por cuenta del cambio climático. De allí nació mi iniciativa, contemplada en dicha Ley (parágrafo del artículo 43), que obliga a invertir el 1% del valor de todo proyecto que conlleve el uso del agua en la preservación, conservación y recuperación de la cuenca hidrográfica de la cual se sirve.

EL CAMBIO Y LA VARIABILIDAD CLIMÁTICA

Desde aquel entonces Colombia ha padecido la recurrencia y la alternancia de dos fenómenos extremos, producto del cambio y la variabilidad climática: el fenómeno del Niño, con su prolongada sequía y el de la Niña, con sus lluvias torrenciales. Una de sus características es la mayor frecuencia con la que se presentan tales fenómenos y su mayor intensidad. Entre 1950 y 2007 los desastres asociados con las olas invernales se incrementaron 16.1% y aquellos asociados con la baja pluviosidad se multiplicaron 2.2 veces. Colombia, según las Naciones Unidas, es el tercer país más vulnerable frente a tales fenómenos, razón por la cual se impone la necesidad de gestionar la reducción de los riesgos y los impactos que ellos comportan, así como para la adaptación a esta nueva realidad. Bien dijo Charles Darwin, que los sobrevivientes no serán los más inteligentes y capaces sino aquellos que se adapten mejor y más rápidamente, añadiría yo, al cambio. 
El Panel de expertos de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (IPCC), creado en 1998, llegó a dos conclusiones que son fundamentales: la primera, que existe una gran correlación entre las concentraciones de CO2 en la atmósfera y la temperatura global y la segunda, que la causa principal de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) es antropogénica, es decir, se debe a las actividades humanas. Se trata del “antropocentrismo despótico que se desentiende de las demás criaturas”, que delata el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Di. 
Actualmente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que se concentran en la atmósfera, causante del calentamiento global, crecen a un ritmo endiablado del 2.2% anual. De acuerdo con las cifras del IPCC las concentraciones de CO2 ha llegado “a niveles sin precedentes en al menos 800 mil años”(¡!), lo cual no deja de ser alarmante. Ello explica el aumento con respecto a la era preindustrial de 0.85 grados de la temperatura a nivel global y aterroriza que pueda elevarse hasta los 2 grados antes de finalizar este siglo, que harían inhabitable el Planeta tierra. Y pensar que, como dice Rajendra Pachauri, Presidente del Panel de expertos de las Naciones Unidas, “no hay Plan B porque no hay otro planeta” habitable por el ser humano, por lo menos por ahora. Lo dijo el Sumo Pontífice: “la humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir el calentamiento del sistema climático”. 
Las consecuencias del calentamiento global no se hacen esperar, en el caso de Colombia, según el IDEAM, los glaciares que aún subsisten tienen sus días contados; para el 2030, que está a la vuelta de la esquina, habrán desaparecido los últimos 6 nevados que nos quedan, nuestra Sierra Nevada de santa Marta, una de las maravillas de la naturaleza, declarada Patrimonio de la Biósfera por parte de la UNESCO, muy pronto dejará de ser nevada. De hecho, recientemente un grupo de científicos descubrió aterrado una laguna que se había formado por el deshielo en el Parque Natural de los Nevados que cubre los departamentos de Tolima y Caldas, a 4.900 metros sobre el nivel del mar. Así de catastrófico es el panorama que se vislumbra, sino detenemos esta carrera alocada de depredación.

EL DRAMA DE LA CARENCIA DE AGUA POTABLE
Una de las afectaciones mayores del cambio y la variabilidad climática, así como el calentamiento global es sobre la disponibilidad de agua potable, al punto que se ha llegado a afirmar que las guerras del futuro no serán por el control de los yacimientos de petróleo sino por el control de las fuentes y depósitos de agua. Colombia no ha escapado al sombrío panorama que delatan las estadísticas a escala mundial y hasta hace muy poco acusaba una gran precariedad en el abastecimiento de agua potable. Casi ninguno de sus municipios menores, que representan más del 80%, contaba con plantas de tratamiento para potabilizar el agua para consumo humano en 2007. Precisamente la décima Meta de los Objetivos del Milenio, al que se comprometió Colombia, era reducir para este año en un 50% el porcentaje de personas que carezcan de acceso sostenible al agua potable. A Colombia, desafortunadamente, no le alcanzó el tiempo para lograrlo y aunque, como lo reconoció Fabrizio Hochschild, Coordinador residente de la ONU, “avanza en la dirección correcta, pero no a la velocidad necesaria”. Las mayores carencias se presentan en el campo, en donde según el Instituto Nacional de Salud (INAS) sólo 900 mil personas de las 11´700.000 que lo habitan tienen acceso a agua en condiciones aceptables para el consumo humano. 
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) existen más de 25 enfermedades que están asociadas al consumo de agua cruda, no tratada, tomada directamente de la fuente. En el caso particular de Colombia al menos 25 de las enfermedades más frecuentes atribuibles a esta causa, según el Instituto Nacional de Salud (INS) son la hepatitis B, la fiebre tofoidea y diarrea aguda. Esta última provocó la defunción temprana de 117 niños menores de 5 años en 2013. 
El caso de La guajira es, además de patético, dramático, especialmente para la población indígena asentada en la Alta guajira, la cual está abocada a una verdadera tragedia humanitaria. Por fortuna el Gobierno Nacional, a través de la Dirección Nacional de Gestión de riesgo (DNGRD) y los gobiernos departamental y municipal, así como el sector privado, han aunado esfuerzos para conjurarla. Desde la propia Presidencia de la República, bajo la coordinación de la Ministra Consejera de la Presidencia María Lorena Gutiérrez y el Director para las regiones Iván Mustafá, se están articulando las acciones de los distintos actores y se está trabajando en un Pacto por el agua en La guajira, cuyos detalles conoceremos esta tarde. 
A mi paso por el Ministerio de Minas, Energía e Hidrocarburos, pude constatar la paradoja de cómo La guajira, que padece por falta de aguas superficiarias, posee en el subsuelo una riqueza enorme de aguas subterráneas que nunca me imaginé. De la mano del servicio Geológico Colombiano (SGC) y de su Director Oscar Paredes, en conjunto con CORPOGUAJIRA, nos dimos a la tarea de aprovecharla, dando un paso histórico, de la perforación de pozos exploratorios a la perforación de pozos en desarrollo, que se están perforando masivamente el Departamento para ponerlos al servicio de las sedientas comunidades. Aquí nació una nueva Política pública de Gestión integral de las aguas subterráneas en Colombia, que constituyen el 72% de la su oferta hídrica. 
No pudo ser más oportuno el llamado del Santo Padre, en momentos en que la Comunidad internacional se apresta a concurrir en diciembre de este año a París, en donde tendrá lugar la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (UNFCCC). Su llamado no puede ser más pertinente: “de todos modos, si en algunos casos el desarrollo sostenible implicará nuevas formas de crecer, en otros casos, frente al crecimiento voraz e irresponsable que se produjo durante muchas décadas, hay que pensar también en detener un poco la marcha, en poner algunos límites racionales e incluso en volver atrás antes que sea tarde…En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso”. Como se solía decir antiguamente, en frase atribuida a San Agustín de Hipona, Roma locuta, causa finita: Roma ha hablado, el caso está cerrado!


Riohacha, junio 30 de 2015
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