Categoría: Opinión
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El noble corazón de un gran hombre, como lo fue en vida, Crispín Villazón de Armas, dejo de latir, para poner término al periplo vital de un gran patricio liberal, de un gran servidor público, de un incansable luchador, del insomne defensor de los pequeños caficultores y patriarca de Pueblo Bello,

que era como la niña de sus ojos. Sus amigos ahora nos veremos privados de sus sabios consejos y orientaciones, siempre oportunos y perspicaces. Crispín fue un auténtico fruto de su tierra; él era tan cesarense como las cristalinas aguas de rio Guatapurí y como la flor del cañaguate.

Jurista ponderado y acucioso, fogoso orador y aquilatado intelectual , se desempeñó con igual diligencia e idoneidad como concejal y alcalde de Valledupar, su terruño querido, Representante a la Cámara, Senador de la República y Secretario General del Senado, Embajador, Ministro de Estado y le cupo en suerte ser uno de los principales gestores de la creación del Departamento del Cesar. Él hizo parte de esa pléyade de líderes esclarecidos que partieron desde la provincia y sin desprenderse de ella han alcanzado un sitial de importancia y proyección nacional. Crispín Villazón de Armas en vida, tempranamente, pasó a hacer parte de esa galería de hombres ilustres, íntegros y probos, honra y prez de nuestra región. Él, sin ufanarse ni vanagloriarse de ello, siempre se codeó e interactuó de tú a tú con los más reconocidos dirigentes nacionales, se hizo respetar y nunca se dejó ningunear. Ese era Crispín. 
Apesadumbrados tenemos que lamentar su partida, pues deja un gran vacío, bien difícil de llenar, su ausencia se va a hacer sentir en todos los rincones del Magdalena grande, que le era entrañable y objeto de sus desvelos y preocupaciones. Pero Crispín se nos va con la satisfacción del deber cumplido, dejando tras de sí toda una estela de obras benéficas y realizaciones a favor de su pueblo, al que sirvió sin límites y sin cálculos mezquinos, porque él ante todo fue un hombre servicial, siempre presto a extenderle la mano para aproximarla a quien requería de sus buenos oficios. Siempre, con su sonrisa a flor de labios, amigo de sus amigos, en su corazón grande y generoso había cabida para todos y lo recordaremos, cómo no, con sus brazos abiertos para recibirnos, porque él pocas veces saludaba de mano, solía hacerlo con un estrecho y cálido abrazo.
José Martí, el apóstol de la democracia nos enseñó que “la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida” y este es el caso de Crispín, pues él nada dejó iniciado porque toda empresa que emprendía, por ardua que fuera, la continuaba con tesón y perseverancia hasta concluirla, porque él no era hombre de medias tintas, era rotundo y concluyente, ese era su talante. 
Como nos lo recuerda el gran Savater, uno “siempre trata de ensanchar la finitud angosta de la vida, para rebajar cuanto podamos la anchura agobiante de la muerte", pero esta llega sin remedio, qué le vamos a hacer. Como cristianos, como creyentes, que él también lo fue, nos reconforta saber que quien cree en Dios no morirá para siempre y que quien comparte con Cristo la muerte abriga la firme esperanza de compartir también con él la resurrección. Paz en su tumba.

Bogotá, junio 5 de 2015
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