Categoría: Opinión
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“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para
cambiar el mundo y el gran motor del desarrollo personal”
Nelson Mandela

La pandemia del COVID - 19 vino a cambiar nuestras vidas y a arrebatarnos muchas otras. En Occidente, tan acostumbrados al apretón de manos, ahora con el distanciamiento preventivo nos vemos compelidos a saludarnos con gestos; nosotros en el Caribe, extrovertidos como somos, no nos conformamos con el apretón de manos sino que estamos acostumbrados a la calidez del abrazo para manifestar el afecto del saludo o el adios de despedida, ahora estamos inhibidos y cohibidos de hacerlo.
Este no es el problema de los japoneses, su lenguaje gestual y corporal suple el apretón de manos o los abrazos efusivos con la inclinación reverente de su humanidad. Les sirve no sólo para saludar o despedirse sino para disculparse o como muestra de respeto hacia el otro. Pero esta costumbre, que es parte de su milenaria cultura, como toda regla, tiene su excepción: los únicos que no están obligados a hacer una reverencia ante la presencia del Emperador son los maestros y la razón es una sola y muy poderosa. Los japoneses tienen al Maestro en tan alta estima que para ellos “mejor que pasar 1.000 días estudiando, es un día con un buen profesor”.
Hago esta alusión, porque no podía pronunciar estas palabras en ocasión tan solemne y honrosa para mí en la que se me recibe como miembro de la Sala general estando como estamos en la Casa del Maestro de maestros, que lo fue en vida su fundador, mi preceptor y amigo José Consuegra Higgins. De él dije en su momento, con motivo de su partida, que su vida fue la de un intelectual que, como lo definió José Ingenieros, no es sólo “aquel que necesita de los libros, sino aquel a quien una sola idea, por elemental que sea, ordena y compromete su vida”.
Desde bien temprano conocí al Maestro Consuegra, por allá en los años 70, cuando él fungía como profesor invitado de nuestra Facultad de Economía del Alma Mater, la Universidad de Antioquia. Se suele decir que el Maestro, al igual que el Lider, debe saber inspirar y motivar a sus discípulos y esa fue la inspiración y la motivación que tuve de parte de él, que me llevó a seguir su ejemplo, porque siempre ví en él al arquetipo del Economista comprometido, distante del dilentatismo de tantos otros. Su keynesianismo me sedujo y su pensamiento económico iberoamericano también, porque él se resistió a seguirle la corriente a quienes, como afirmó con desdén y reproche nuestro laureado García Márquez, siendo “nuestra virtud mayor la creatividad, no han hecho más que vivir de doctrinas recalentadas y guerras ajenas” .
Para mí hacer parte de la Sala General de esta benemérita institución es un título, una distinción, apenas equiparable a mi membresía a la Academia Colombiana de Ciencias Económicas y a la Academia Colombiana de Historia y no les voy a decir, con falsa modestia, que es inmerecido, porque como dijera Gaitán “la modestia es el orgullo de los hipócritas”. Lo asumo como un premio y un reconocimiento a mi constancia y a mi consagración a la docencia y a la investigación universitaria por espacio de 45 años ininterrumpidos, desde que me inicié en septiembre de 1975 como profesor de tiempo completo de la misma facultad de la cual egresé.
Durante estos años me he convencido de que lo que a uno le queda más y mejor aprendido es aquello que enseña y con el devenir de los años me persuadí de lo que planteó el gran pensador Yuval Noah Harari, que en los tiempos que corren “lo último que un profesor debería dar a sus estudiantes es más información”, porque esta, merced a la internet, está al alcance de la mano, dista sólo a un clic en la computadora para acceder a ella.
Además, como bien dijo el reputado científico colombiano Rodolfo Llinás, considerado por The New York Times para la ciencia, lo que Gabriel García Márquez es para las letras y Fernando Botero para las artes plásticas, a los estudiantes “hay que enseñarles a que entiendan, pues el saber se pierde. Es inmensa la cantidad de cosas que aprendimos pero que no sabemos porque no tuvieron contexto del conocimiento”. Y remata diciendo que “la diferencia entre saber y entender es monstruosa”. La Universidad, entonces, no se puede limitar a la transmisión de conocimientos, su Misión va mucho más allá. La capacidad de discernir y entender es la única facultad que nos va quedando a los humanos que no puede ni podrá suplir la inteligencia artificial y el imperio de los algoritmos, que se están imponiendo con la disrupción de la cuarta revolución industrial.
Finalicemos estas palabras, no sin antes expresarle mi perenne agradecimiento al Rector Emérito de la Universidad Simón Bolivar José Consuegra Bolivar, citando las palabras del Sumo Pontífice, el Papa Francisco: “el sol no se apaga durante la noche, se nos oculta por un tiempo, pero no deja de dar luz y calor. El docente es como el sol, muchos no ven su trabajo constante porque sus miras están en otras cosas, pero este no deja de irradiar luz y calor a sus estudiantes”.

Cota, septiembre 4 de 2020
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