Sep 23, 2020 Last Updated 6:05 PM, Aug 31, 2020

DOS VIDAS PARALELAS

Categoría: Opinión
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Sin hipérboles y sin intentar hacer un parangón entre nuestro laureado con el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez y Jacobo Pérez Escobar, eminente jurisconsulto, podemos hablar de dos vidas paralelas, enaltecidas y enaltecedoras. Hijos dilectos, ambos, de Aracataca, “terruño de mi condiscípulo”, como tituó Jacobo su “opúsculo”, como el llama su crónica en la que recrea y hace reminiscencia de sus años mozos compartidos con Gabo. 

A poco andar, el camino polvoriento de su comarca se bifurcó, mientras Gabo fue a recalar a Zipaquirá (Cundinamarca) en donde recibió el cartón de Bachiller en el Liceo Nacional, Jacobo obtuvo en el Liceo Celedón en Santa Marta, el diploma de Bachiller, el mismo que le fue esquivo al Maestro Rafael Escalona por cuenta de sus filtreos y amoríos. Lo suyo era la composición de la música vernácula, consagrada recientemente en el Diccionario de la Real Academia Española como Vallenato.
Años más tarde, Jacobo se reencontraría con Gabo en el claustro de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, que para aquél entonces era, según él “una ciudad remota y lúgubre, donde estaba cayendo una llovizna inclemente desde principios del siglo XVI”. Corría el año 1947 cuando los dos hijos egregios de Cataca se matricularon en la Facultad de Derecho, pero ya para entonces la vocación de jurista de Jacobo contrastaba con la del literato en ciernes de Gabo. Mientras el acucioso y aplicado Jacobo, en la primera fila del salón de clases, tomaba apuntes de la disertación de sus profesores, Gabo se distraía y deleitaba en la última fila leyendo novelas y cuentos, atenido a que su “condiscípulo eterno”, como lo llamaba a él, se los compartiría.
Jacobo Pérez Escobar siempre se destacó como buen estudiante, al punto que se graduó con honores en la Universidad Nacional como abogado en 1952 con un promedio acumulado durante su carrera de 4.9, que nadie había alcanzado hasta entonces. Su laureada Tesis de grado tuvo como jurado nada menos que al ex presidente Carlos Lleras Restrepo. Su brillantez y rendimiento académico como alumno aventajado de la Nacional lo hicieron merecedor de una Beca para optar su doctorado en Derecho en la Universidad de París, no sin antes especializarse en la misma Universidad Nacional en Derecho laboral.
Desde entonces Jacobo Pérez Escobar ha sido un cultor del Derecho y una de las voces más autorizadas sobre todo en Derecho constitucional, cuya obra es de obligada referencia en las facultades de derecho y ciencias políticas. Si algo ha caracterizado a Jacobo, al igual que a Gabo, es que tanto el uno como el otro han brillado con luz propia, descollaron y sobresalieron por sus propios méritos y merecimientos. Jacobo se desempeñó en la docencia y la investigación en múltiples universidades, empezando por su Alma Mater, por espacio de 50 años, sólo interrumpidos o entreverados por su desempeño como servidor público, tanto en el orden nacional como regional. Además ha sido un escritor prolífico y de exquisita prosa, sus obras son enjundiosos tratados.
Jacobo es de aquellos que toman la vida como Misión y no como carrera, persuadido de que, como afirma el gran pensador Ortega y Gasset, “vivir implica tener una misión, en la medida en que se evite luchar por un propósito valioso, la vida será vacía”.
El ritmo de su vida ha sido tan vertiginoso como fructífero, siempre ascendente. Empezó como Concejal de su natal Aracataca y siguió como Secretario de Hacienda del Departamento del Magdalena, Secretario General y Director del Ministerio de Gobierno, Ministro de Gobierno (E), Secretario jurídico de la Presidencia de la República, Consejero de Estado, Gobernador del Departamento del Magdalena, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, hasta llegar a la cima de la Secretaría General de la Asamblea Nacional Constituyente en 1991. A Jacobo se le puede aplicar el aserto de Confucio: “los sabios gozan de avanzada edad”, así los confinen!
Ya antes había hecho parte del Comité de la reforma a la Constitucion Nacional más importante en décadas, la que propició el ex presidente Carlos Lleras Restrepo en 1968. Como Secretario General de la Asamblea Nacional Constituyente se erigió en su conciencia jurídica y en el Notario ad honorem de la misma, lo que no fue óbice para que se le pretendiera ningunear en el acto solemne de la proclamación de la nueva Constitución Política el 4 de julio de 1991. Aunque firmó a ruego, como firmó el triunvirato que presidió la Constituyente, integrado por Alvaro Gómez Hurtado, Horacio Serpa Uribe y Antonio Navarro Wolff, en unas hojas en blanco que se hicieron pasar por texto de la nueva Constitución, fue relegado al final del recinto del Salón Elíptico del Capitolio Nacional porque, como le confió el ujier que hizo de correveidile a quien se escudó en el reca´o grosero y ruín, se dijo que “el doctor Pérez Escobar como que no conjuga con el registro de este momento trascendental para la historia”.
Pero el verdadero alumbramiento de la nueva Carta tuvo lugar, después de la parafernalia, a las 4 de la madrugada del 7 de julio, cuando terminó de pergeñarse el texto completo, que no definitvo, contentivo de sus 439 artículos, 59 de ellos transitorios, plasmados en 148 páginas, avalado para la posteridad con la rúbrica de Jacobo, el grande, el constitucionalista, uno de los mayores y mejores exponentes en Colombia del intelecto y la inteligencia de los afrodescendientes en Colombia.
Qué vanalidad, qué ironía, no “conjugaba” por su color de piel para el registro de las cámaras en el acto simbólico con el que se ponía en vigencia una Constitución que reconoció, por primera vez en la historia politica administrativa de Colombia, el carácter multiétnico de nuestra sociedad. La exclusión social, el racismo, la discriminación de que es objeto la población afro, que Jacobo delata en su magistral biografía de la figura cimera de la afrocolombianidad Luis Antonio Robles, pervive, unas veces de manera sutil y en otras brutal, como el reciente asesinato a sangre fria de George Floyd, el cual estuvo precedido por otro crimen atroz en idénticas circunstancias, también a manos de la Policía, en 2014 del jóven afroamericano Eric Garner. Sólo el repudio merecen tan aleves como execrables crímenes!
Y qué curioso, Jacobo y Gabo volvieron a coincidir, pues los textos que se sometieron a debate en la Constituyente pasaron por las diestras manos de nuestro Nobel, tomándose la licencia de ir más allá de la redacción y de la corrección de estilo que le pidieron, para hacerles sus acotaciones al márgen de los textos con su puño y letra, amén de sus osadas propuestas de su propio caletre.
Jacobo Perez Escobar, ya en la elevada cumbre de sus 95 años puede repetir con su “condiscípulo eterno” Gabriel García Máquez “nunca he pensado en la edad como en una gotera en el techo que le indica a uno la cantidad de vida que le va quedando”. Y rematar, diciendo con él que “la edad no es la que uno tiene, sino la que uno siente”. Que la Divina providencia le dispense muchos años más de vida y lo conserve tan vital y tan lúcido como satisfecho por el deber cumplido y de qué manera al país nacional.

Cota, mayo 4 de 2020
www.amylkaracosta.net


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