Nov 18, 2018 Last Updated 2:18 PM, Oct 24, 2018

EL HOMERO DE LA PROVINCIA DE PADILLA

Categoría: Opinión
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“Leandro Díaz deja de llorar / y suspirar el día que muera”

Leandro Díaz D

Quién más que Leandro Díaz Duarte se podía ganar el apelativo, ya en su edad provecta, de El Homero de la Provincia? Ciego de nacimiento, ello nunca fue para él impedimento para escalar hasta el pináculo de la fama, como el más grande entre los grandes compositores de la música vernácula, consagrada ya en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como Vallenato. Lo trajeron al mundo, a él y a 15 hermanos más, la pareja campesina integrada por Abel y María Ignacia. Desde la humildad de su cuna aldeana en la vereda de Alto Pino en Lagunita de la Sierra (Hatonuevo, La guajira) se yergue este hombre con una prodigiosa capacidad para componer las más lindas y enjundiosas canciones, que en número superior a las 350 le granjearon el reconocimiento en vida como el mejor.


Bien dijo el compositor y sobrino del Maestro Rafael Escalona, Santander Durán Escalona, refiriéndose a Leandro, que él era “la leyenda viva de la música vallenata”. Por su parte el reputado periodista Juan Gossain no ahorró elogios para él, al que consideró “como el más sensible de todos los músicos de esta tierra pródiga de poetas y cantores que remontan a las sierras y los ríos y andan y desandan los valles como si fueran los últimos juglares que quedan sobre la tierra”. Esta es, tal vez, la más fiel descripción de Leandro Díaz, juglar por antonomasia y andariego como quienes le antecedieron en su arte, empezando por el gran Francisco El Hombre.
Para Leandro Díaz la ceguera no fue ninguna incapacidad. Los ojos, que para los demás, como se suele decir coloquialmente, son espejo del Alma, para él fueron un espejo sin luz y por un Don de la Divina providencia en su reemplazo tuvo la inspiración. Como él mismo lo dijo bellamente en una de sus canciones, “si él la vista me negó para que yo no mirara, en recompensa me dio los ojos bellos del Alma” a través de los cuales “veía” lo que el resto de mortales videntes no veía. O, acaso, quién describe mejor que él la primavera que “entra” el 22 de marzo y con ella “le entra alegría a la tierra”, quien capta mejor que él la “sonrisa de la sabana cuando Matilde camina”?
Y qué decir de esa composición magistral, La diosa coronada, que inmortalizó y universalizó nuestro laureado Gabriel García Márquez, que la admiró tanto al punto que una de sus estrofas le sirvió de epígrafe de su novela El amor en los tiempos del cólera, una de sus más notables obras. “En adelanto van estos lugares: ya tienen su Diosa coronada”, seguramente tarareó Gabo al transcribirla y encontraremos después su reminiscencia en esa frase suya con la que encumbró al Vallenato, al decir que “Cien años de soledad es un Vallenato de 350 páginas”, para significar el origen primigenio del realismo mágico de su monumental obra.
El trasunto de la vida de este poeta popular estuvo marcado por sus éxitos, pero también por el desencanto y la desilusión. Primero fue en el hogar que lo vio nacer y vieron en él una carga, una persona inútil para las faenas del campo, que fue el entorno suyo en sus años mozos. Luego sería el desdén de quienes lo veían como gallina que mira sal y que además observaban con escepticismo cómo crecía en él un rebelde con causa poco prometedor y por ello lo aguaitaban más bien con conmiseración. Posteriormente, serían las promesas incumplidas de cuantos le ofrecían obsequios y todo quedaba reducido a sal y agua o agua de borrajas, como dirían los españoles. Los sentimientos que ello despertaba en su mundo interior quedaron plasmados en sus composiciones.
En efecto, en una de ellas, la primera, Quince julio, fue un reproche a sus padres porque cuando apenas empezó a tener uso de razón el se sentía sólo. Aislado, “como un retoño perdido”, a la vera del camino. Más tarde se vio precisado a componer la canción Los Tocaimeros, considerada como el primer censo musical, con el nombre de los habitantes de la población de San Diego (Cesar), para poder hacer una colecta entre los mencionados en la misma y así poder financiarse su viaje y estadía para las fiestas de Hatonuevo. Desde entonces tuvo el presentimiento de que “mis canciones iban a darme todo lo que yo necesitaba”.
Y no faltó su composición para reclamarle a quienes le ofrecían, al calor de los tragos o arrobados por las letras de sus canciones, que él mismo interpretaba, esta vida y la otra, pero no le cumplían. Así nació la canción El negativo, “en esta pequeña historia” contaba él “las cosas que en estos tiempos me han sucedido…porque todo el que me ofrece me queda mal”. Le quedó mal Diomedes con un chinchorro, Lázaro Cote con “una linda grabadora p´a parrandear”, José Carlos “se olvidó del ventilador”. Y se dolía en esa composición de que “todos quieren gozar así parrandeando con mis canciones, las ofertas van por montones, todos me ofrecen p´a no cumplir”. Y remata diciendo: “no sé por qué a mi la gente me paga mal, si con todos mis amigos me porto bien”.
El también compositor e interprete del Vallenato clásico Ivo Díaz, vástago de Leandro y caracterizado exponente de esta dinastía dijo de él que “fue un hombre que supo conquistar los corazones con sus canciones o su sola presencia” y no le faltaba razón, porque Leandro era una caja de música y a donde quiera llegaba, siempre de la mano de Ivo, que además de ser su hijo fue su lazarillo, era el centro de atención y de la admiración de todos. Parrandero, como el sólo, amenizaba las parrandas y participaba de ellas, las que se prolongaban hasta que los gallos espantaban la obscuridad de la noche con sus cantos en la madrugada. Al fin y al cabo para él lo mismo daba si lo arropaba el manto de la noche o el resplandor del sol de la mañana, sus ojos eran su Alma cautivada por su música.
Leandro Díaz tuvo el privilegio de que con los años su talento y su música se fueron imponiendo por fuerza de su creatividad y don de gentes, lo que le valió ser conocido, reconocido y exaltado en vida. Entre los tantos homenajes de los que fue objeto se destaca el monumento, esculpido por el artista Jorge Luis Payares, que le erigieron en San Diego, en donde dijo él mismo que tenía “sembrado” su corazón. Y no le faltaba razón, porque allí fue en donde creció musicalmente, con el trío que integraban Antonio Braín, Hugo Araujo y Juan Calderón; esa fue la tierra que lo acogió como su hijo. “El monumento es algo que me llena y me satisface mucho”, dijo el Maestro con ocasión de la develación del mismo. Este 20 de febrero, cuando se cumplieron los 90 años de su nacimiento, es una ocasión propicia para recordar a este hombre que aún en vida ya era una leyenda y después de muerto se convirtió en un ícono de nuestra música terrígena.
Esta canción suya, El cardón guajiro, es como si fuera el auto-retrato hablado de Leandro, en ella se condensa lo que fue su vida, así como su abnegada lucha para superarse y salir avante, sobreponiéndose a todas las dificultades:

Ayer tuve una reunión
con la pena y el olvido
después de una discusión
la pena perdió conmigo
yo soy el cardón guajiro
que no lo marchita el sol (Bis)

Quisieron acorralarme
pa’ ver si tenía un desvío
pero ese talento mío
tiene un sentimiento grande
y el que quiera derrotarme
tiene su tiempo perdido (Bis)

El cardón en tierra mala
ningún tiempo lo derriba
en cambio en tierra mojada
nace de muy poca vida
por eso es que en La Guajira
el cardón nunca se acaba (Bis)
es que la naturaleza
a todos nos da poder
al cardón le dio la fuerza
pa’ no dejarse vencer
yo me comparo con él
tengo la misma firmeza (Bis)

Yo peleé con mi destino
cuando empezaba a cantar
él me quiso derrotar
y al final perdió conmigo
resolvió dejarme vivo
por mi bien o por mi mal (Bis)

Yo soy la planta guajira
que en verano no se ve
y apena’ empieza a llover
se ve la tierra tupida
de plantas reverdecidas
a punto de florecer (Bis)

Yo soy el cardón guajiro
que no lo marchita el sol
y entre penas y dolor
yo vivo con alegría
yo me llamo Leandro Díaz
amigo de sus amigos
yo soy el cardón guajiro
propio de la tierra mía
por eso es que Leandro Díaz
es parecido al cardón
porque tiene el mismo don
de ser un hombre muy fuerte


Bogotá, febrero 23 de 2018
www.amylkaracosta.net


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