Nov 24, 2017 Last Updated 8:14 PM, Nov 14, 2017

JUAN JOSÉ NIETO Y LUIS ANTONIO ROBLES: DOS FIGURAS CIMERAS DE LA AFROCOLOMBIANIDAD

Categoría: La Guajira
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En primer lugar, permítaseme expresar a la Academia Colombiana de Historia, particularmente a quienes integran la Comisión de Candidaturas, mi agradecimiento por su deferencia al hacerme el honor de recibirme como Miembro Correspondiente de la misma. Para mí es muy honroso hacer parte de esta benemérita y centenaria institución, que le ha prestado y le sigue prestando invaluables servicios a Colombia.

Debo, también, expresar mi gratitud a los dos académicos de Número que tuvieron el encargo por parte del señor Presidente de la Academia  de evaluar y emitir su concepto, luego de analizar el texto que, en cumplimiento de sus Estatutos, sometí a su consideración y análisis. Tengo que decir que sus comentarios fueron muy afortunados y me sirvieron de valor agregado para lograr pergeñar un texto final mucho mejor que el original. El mismo estará a disposición de ustedes, quienes tendrán la última palabra para juzgar su contenido después de su lectura.

Quise que la ceremonia de mi ingreso a la Academia se diera justo el día de hoy, como homenaje a Luis Antonio Robles, el Negro Robles, pues hoy que lo rememoramos se cumplen 168 años de su natalicio. Gracias, nuevamente, a la Academia Colombiana de Historia por acogernos en su seno, mi satisfacción es tanto mayor porque la Academia es lo mío y a ella le he dedicado los 42 años que estoy cumpliendo de ejercicio de la docencia y la investigación universitaria.

VAMOS AL GRANO

Ahora sí , vamos al grano. Juan José Nieto y Luis Antonio Robles, dos figuras cimeras de la afrocolombianidad, dos personalidades afines ideológicamente, con muchas similitudes, que van desde la humildad de los hogares que los acogieron en su seno hasta la rauda carrera política, siempre nadando contra la corriente, que emprendieron ambos hasta alcanzar el pináculo de la grandeza. No les fue fácil, a ninguno de los dos, abrirse paso en una sociedad cerrada y elitista, como era la de la época, como tampoco les fue fácil abrirse un espacio propio en el ámbito de la política, máxime cuando si algo los caracterizó fue su espíritu rebelde, díscolo y contestatario. Ello les valió la persecución, el extrañamiento y hasta el exilio, sin que tales vicisitudes los doblegara y mucho menos los hubiera llevado a abjurar o a renegar de su ideario. Intrépidos ellos, el coraje y la bizarría nunca les faltó, como tampoco su grandeza y generosidad cuando se imponían a sus adversarios, que no fueron pocos.

Si algo los distinguió a ellos en las múltiples batallas que debieron librar, por fuerza de las circunstancias, fue el temple en la lucha feral y la templanza a la hora del triunfo. Ellos, al igual que Miguel de Cervantes Saavedra, el Manco de Lepanto, alternaron la pluma con la espada, pues por aquellos tiempos de bárbaras naciones, en las que proliferaron las guerras civiles, les tocó recurrir a las armas para defender sus ideas, ya fuera desde la institucionalidad amenazada por los contrarios o para hacerse a ella para reivindicarlas. Si descontamos el sinnúmero de grescas intestinas dentro de los límites de los estados federales, entre 1812 y 1886 se registraron nueve guerras civiles de alcance nacional. Aunque el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht diga que “toda guerra es una derrota”, para la época que les cupo en suerte vivir y luchar era más bien “la continuación de la política por otros medios”, como lo sostuvo Carl Von Clausewitz. Ello explica que Nieto alcanzara el grado de General y Robles el de Coronel, a despecho del talante civilista de los dos.

Cómo cambian los tiempos, en su época se tenía por norma no escrita el régimen de Gobierno – Oposición, que muchos años después entronizara el Presidente Virgilio Barco, a contrario sensu del bipartidismo y la alternación del Frente Nacional y del colaboracionismo de connotados miembros del Partido político que está en la oposición con el socorrido ardid de hacer parte del Gobierno de turno a título “personal y técnico”, contrariando las directrices de sus partidos. Y quienes así actúan, recurriendo a la práctica del travestismo político se justifican con la manida frase según la cual “la política es dinámica”. Ello ha dado pié a la práctica del transfuguismo, que tanto daño le ha hecho a los partidos políticos que, después de la Constituyente de 1991 y gracias a la nueva Constitución, experimentaron una especie de “Big Bang” de ellos, dando lugar a la eclosión de más de 70 partidos, de los cuales han sobrevivido 14. Es consabida la profusión de dirigentes políticos que no resisten ser excluidos de la nómina oficial o de las partidas presupuestales sin doblegarse; en cambio, Nieto y Robles pagaron con cárcel y hasta con el destierro su lealtad con el Partido Liberal sin que por ello desertaran, nunca cedieron ni ante el halago ni ante la amenaza. Estos son otros tiempos, en los cuales los partidos políticos han venido a menos y pende sobre ellos la amenaza de su extinción. Y Democracia sin partidos políticos no es Democracia!

Tanto Juan José Nieto como Luis Antonio Robles han sido discriminados hasta después de muertos, pues no de otra manera se puede interpretar su invisibilización. Deliberadamente han sido borrados de la historiografía, por ello el conocimiento sobre ellos es muy precario, las fuentes de investigación para profundizar en su trayectoria, en su pensamiento y ejecutorias son muy escasas, la información a la que hemos podido acceder para elaborar este ensayo es fragmentaria y dispersa. No es coincidencia que Juan José Nieto, quien ocupó la Presidencia de los Estados Unidos de la Nueva Granada (enero – julio de 1861), no figurara en la galería de ex presidentes en la Casa de Nariño, como no ha habido un lugar en el Ministerio de Hacienda para Luis Antonio Robles en la galería de ex ministros de esa cartera, no obstante que fue titular de la misma. Ello hace más meritorio el esfuerzo de dos personajes del Caribe de aquilatadas calidades intelectuales para rescatar a Nieto y a Robles, como el sociólogo Orlando Fals Borda y el jurista Jacobo Pérez Escobar, respectivamente, quienes sin proponérselo se convirtieron en los biógrafos de uno y otro, en su orden. Ellos han contribuido enormemente a sacarlos del anonimato y para que ocupen el sitial que sus méritos y merecimientos le ganaron en franca lid en la historia de Colombia.

Qué bueno volver sobre los pasos de la historia y darnos una cita con ella, para indagar por los personajes y los acontecimientos que marcaron el curso de nuestra vida republicana, en este caso Nieto y Robles. La historia tuvo un principio, pero no tiene fin; solo una torcida interpretación del pensamiento de Federico Nietzche pudo llevar a Francis Fukuyama a sentenciar el fin de la historia, pues de sus tesis jamás se puede colegir tan descabellado planteamiento. Esta, al igual que la ideología, se rige por la ley del movimiento perpetuo, caracterizado por un constante y recurrente volver a comenzar, claro está sobre bases renovadas y cada vez más elevadas, en forma de espiral. La historia, como la vida misma, fluye, sigue su senda, con nosotros o sin nosotros; somos necesarios, más no imprescindibles para ella. No es posible detener las ruedas de la historia sin perecer arrollados por ella; solo nos es posible incidir, torcer su curso o, de lo contrario, dejarnos arrastrar por ella. La historia trabaja para nosotros, sólo a condición de que nosotros trabajemos para ella, pues, como lo afirma Vittorio Messori, cada quien es rehén de su propia historia.

Resulta hercúlea, pero fascinante, la tarea de adentrarnos en los vericuetos y laberintos de la historia e intentar su escrutinio, a partir de una lectura transversal de sus hitos y de quienes los protagonizaron. Al aproximarnos a la historia e indagar en ella, nos tropezamos con un primer obstáculo: la forma simplista y sesgada como muchas veces se abordó por quienes la escribieron. No pocas veces los escribanos de la época fungían como amanuenses de los detentadores del poder; por ello, se suele decir que la historia la escriben, siempre, los victoriosos y no quienes muerden el polvo de la derrota. La distorsión y la trivialización de la historia la falsean y hacen más difícil dar con las claves que nos permitan emitir un juicio desprejuiciado, alejado de los apasionamientos y las animadversiones maniqueas, como fieles intérpretes y no como subjetivos panegiristas. Trataremos, entonces, de apartarnos de la versión interesada tanto de la leyenda rosa como de la leyenda negra, de buenos y malos, como en las películas de vaqueros, sin perder de vista que también se puede entrar a la historia por la puerta cochera, como ciertos personajes de opereta, que hicieron historia a su manera. 

HABLEMOS DE NIETO

Juan José Nieto nació el 24 de junio de 1805 en el caserío de Sibarco, localizado entre los municipios de Baranoa y Tubará (Atlántico),  ocupó la Presidencia de los Estados Unidos de la Nueva Granada, pero antes de ello se desempeñó como Gobernador del Estado de Bolívar, varias veces. Reconocido intelectual, autodidacta, respetable y respetado por sus semejantes, que admiraban en él su afán de superación y su vocación de servicio. Le cabe el mérito a Nieto de ser el autor de la primera novela en Colombia y sus obras tuvieron un gran reconocimiento tanto en el país como en Jamaica, en donde aprovechó su exilio para escribir varias de ellas. Nieto fue un hombre sobresaliente, que nunca pasaba por desapercibido en donde llegaba, que descolló y brilló con luz propia. Fals Borda lo describe como un hombre fornido, de piel cetrina clara (o trigueña oscura), ojos zarcos verdosos, nariz recta y amplia, labios finos, cejas arqueadas y cabello negro medio rizado.

Fue un hombre luchador y abnegado, que no ahorró esfuerzos para defender y fortalecer la institucionalidad, lo que lo llevó a ser un gran admirador y seguidor del Libertador Francisco de Paula Santander. Desde bien temprano abrazó la causa del naciente radicalismo liberal y la defensa de los artesanos frente al aperturismo comercial de la época, el librecambismo. Fue defensor, como el que más de los derechos fundamentales, especialmente los de los más débiles y vulnerables, quienes veían en él su más autentico y consecuente vocero. En ello era intransigente y nunca dio su brazo a torcer. Se abrió paso a codazos, no se arredró ante las amenazas y persecuciones, se hizo respetar, no se dejó ningunear y quienes lo intentaron se llevaron su sorpresa, con él no pudieron.

Juan José Nieto fue uno de los forjadores de nuestra institucionalidad apenas en ciernes, al lado de personajes de la talla de Rafael Núñez, José Hilario López, José Ignacio de Márquez, Pedro Alcántara Herrán, José María Obando, Manuel Morillo Toro y Tomás Cipriano de Mosquera, entre otros. Con este último su relación fue tormentosa y la rivalidad entre los dos fue la constante. Con Núñez tuvo al comienzo una relación cordial, fue, además, su colaborador en una primera etapa, pero después se distanció de Nieto y se alineó al lado de Mosquera cuando la confrontación de este con Nieto se tornó antagónica. Su enfrentamiento con Mosquera llegó a su clímax en la Convención de Rionegro, presidida por él, quien en su discurso de instalación se refirió a Nieto en términos desafiantes.

En su intervención Tomás Cipriano de Mosquera manifestó: “sensible me es, señores, que cada vez que hablé sobre negocios que se rozan  con las funciones del expresado General en Jefe, tenga que informar que este General se ha sobrepuesto constantemente a la autoridad del Gobierno Nacional”. Juan José Nieto, que no le guardaba agua en la boca a nadie, le ripostó con gran altivez y gallardía en los siguientes términos: “ni el General Mosquera ha nacido para mandarme a su manera, ni yo he nacido para obedecerle según la mía…La caridad cristiana condena el orgullo y la soberbia, pero no el sentimiento de la propia dignidad”.

Retirado a la vida privada, Nieto murió en Cartagena el 16 de julio de 1866. Sus exequias tuvieron lugar en la Catedral y sus despojos mortales fueron sepultados en el cementerio de Manga, un barrio de Cartagena, en donde yace y por disposición de la Asamblea Legislativa de Bolívar (22 de octubre de 1866) se le erigió un Mausoleo en su honor, con su retrato labrado en piedra y una loza de mármol, con una dedicatoria, a manera de epitafio, que a la letra dice: “al incontrastable republicano”. Y allí está este altar de la patria, erigido en honor a este hombre grande, adelantado de su época y esclarecido exponente de su raza negra.

Juan José Nieto puede considerarse como precursor de la lucha por la autonomía de las regiones frente al Gobierno central. El explicaba en cartas al General Santander por qué era un “federalista por opinión informada y no por caprichos del corazón”, porque él aspiraba “a una forma de gobierno que le abriera espacios y posibilidades eficaces al desarrollo de nuestra provincia”. 150 años después de su muerte (1866), su bandera, su anhelo de que las regiones dejen de ser alfil sin albedrío del centralismo, sigue vigente. La semana anterior, al constituirse la Región Administrativa y de Planificación del Caribe, se le hizo este reconocimiento.

De no haber sido por el reputado sociólogo Orlando Fals Borda y por el periodista Gonzalo Guillén, Juan José Nieto habría continuado siendo un ilustre desconocido para los colombianos, ellos se atrevieron a levantar el velo que impedía saber de él. Ellos se propusieron rescatarlo del olvido y de la discriminación post mortem de la cual venía siendo objeto. Gracias a la gestión de ellos, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, ante la contundencia de las pruebas aportadas, dictaminó que efectivamente Juan José Nieto fue Presidente de Colombia entre el 25 de enero de 1861 y el 18 de julio del mismo año, lo que hasta entonces se desconocía olímpicamente.

A todo señor todo honor, hay que reconocer que, luego del fallecimiento de Fals Borda, Guillén fue quien continuó con la ímproba tarea que él había emprendido y en su empeño de “proteger la memoria del primer Presidente afrodescendiente” interpuso ante el Presidente Juan Manuel Santos un derecho de petición tendiente a su reivindicación, el cual fue respondido positivamente. El Presidente Santos se comprometió a instalar en la Casa de Nariño, como lo demandó Guillén en su derecho de petición, “el único óleo que existe de él, alterado por las vicisitudes que han querido borrar su raza”. Entre estas vicisitudes se cuenta el hecho del hallazgo por parte de Fals Borda de dicho óleo, arrumado, abandonado y apolillado en el cuarto de San Alejo en el Palacio de la Inquisición en Cartagena. El mismo, según el relato de distintas fuentes, fue a parar a Paris en un intento por “blanquearlo” y así poderlo presentar en “sociedad”. Bien dijo Fals Borda a Guillén poco antes de morir que “a Nieto lo excluyen por ser negro y por costeño”. Así de claro y obscuro fue este vergonzoso episodio, que pasará a la historia como una página ignominiosa.

 

Según se ha podido establecer, el cuadro había sido pintado antes de que Nieto llegara a la Presidencia y posteriormente le fue pintada la banda presidencial sobre su pecho cuando asumió la Presidencia y tras su muerte, como lo indica Fals Borda en su obra, fue enviado a París "para que fuera retocado a la manera de un mandatario francés, el mismo que de retorno se colocó en los salones del Museo Histórico de Cartagena, hasta cuando fue retirado en 1974, luego de una restauración que no fue aprobada por los académicos de la ciudad'', cuenta Fals Borda en la biografía que escribió sobre el presidente olvidado. La orden está dada y el óleo restaurado de Nieto debe ir a llenar el vacío que había dejado su exclusión, como una acto de tardía reparación histórica.

Ahora toca instalar su óleo entre los también ex presidentes Mariano Ospina Rodríguez, su antecesor y Tomás Cipriano de Mosquera su sucesor. De modo que al reordenar la secuencia de quienes han ejercido la Presidencia, el Presidente Santos ya no es el Presidente número 114 en la lista que lleva la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, sino el 115, porque Juan José Nieto se les “coló” en el puesto 41. Sólo resta que el Congreso de la República tramite una Ley de honores al ex presidente Juan José Nieto para hacerle justicia y ubicarlo en el lugar que se merece por su meritorio desempeño y liderazgo. Si este esbozo biográfico llegara a servir de insumo para la exposición de motivos del proyecto de ley a presentar a la consideración del Congreso de la República, me daría por bien servido y sería de mucha satisfacción para mí.

HABLEMOS DE ROBLES

En esta exposición analizaremos también la vida y obra de un personaje, grande entre los grandes, que descolló a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Me refiero a Luis Antonio Robles Suárez, hijo ilustre de La guajira, nacido en la población de Camarones, situada en las goteras de Riohacha, capital del Departamento de La guajira, el 24 de octubre de 1.849, luchador incansable y figura señera del liberalismo. Si nos atuviéramos al Hermano Justo Ramón o a Henao y Arrubla, Robles nunca existió, lo refundieron en el anonimato, desde donde él había irrumpido, altivo y desafiante, para abrirse paso, a mandoblazos, hasta ocupar un sitial de privilegio en la historia. Fue un hombre que jamás pasó inadvertido en donde quiera que llegaba; siempre estuvo en el ojo del huracán en los procelosos tiempos que le cupo en suerte vivir. Era la elocuencia hecha verbo. La política es destino y ese fue el suyo; el Negro Robles, como cariñosamente, lo llamaban, fue un político hasta los tuétanos, imbuido del ideario liberal, convencido y convincente.

 

Para utilizar la expresión de Saramago, Luis Antonio Robles fue un liberal hormonal! Llegó hasta las más encumbradas posiciones, alcanzadas siempre con denuedo, tesón y perseverancia, sin abandonar sus principios ideológicos y sin renegar jamás a su bandería política. Fue un adelantado de su época y supo mirar el futuro con anticipación, por ello trascendió a su época, merced a sus actuaciones y a su espíritu visionario. Desde temprana edad se alistó en las filas del radicalismo, del cual fue uno de sus más caracterizados exponentes; se contaba entre sus ideólogos y voceros autorizados. Defendió con ardentía y valor la causa de la libertad y la democracia, en momentos en que una y otra eran escarnecidas; así como la independencia tuvo sus precursores, podemos afirmar sin hipérboles que Robles y el radicalismo fueron los precursores de la democracia colombiana.

 

Luis Antonio Robles fue multifacético y gozaba de una gran versatilidad, desempeñándose con brillo y competencia en la academia, en la política, en el parlamento, en el litigio, en el periodismo, como escritor y no lo fue menos en las artes de la guerra, cuando el destino puso a prueba su espíritu civilista. A él sí que le es aplicable el aserto de Benjamín Franklin: “Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como hayas muerto, escribe cosas dignas de leerse y haz cosas dignas de escribirse”. Todo cuanto escribió, todavía, pese al paso inexorable de los años, bien vale la pena leerlo y cuanto hizo lo hizo merecedor de cuanto se ha escrito a propósito de su vida, condensación de una de las más bellas epopeyas de nuestra historia republicana. Trataremos de no ser gigantes en el resumen ni enanos en la síntesis, para ceñirnos rigurosamente al tiempo estipulado para esta disertación.

Me he hecho el propósito de sacar a Robles del anonimato en que injustamente se le tenía hasta hace muy poco. Cuando el Partido Liberal creó su Academia de Historia, promovida por el Académico Rodrigo Llanos Isaza, entre sus primeras actividades programó un ciclo de conferencias sobre los grandes del liberalismo y al hacer memoria colectiva de los mismos advertí que entre los nombrados y renombrados faltaba un grande y ese era El Negro Robles. Se me asignó la tarea, fascinante para mí, de estudiar, de escudriñar el trasegar de este ilustre hijo de mi tierra, La guajira, para disertar sobre él. Oh, sorpresa la que me llevé, al adentrarme en el conocimiento de este personaje altivo, altanero si se quiere e inteligente, que asombró con su pluma y con su verbo a sus contemporáneos. El auditorio me escuchó más atónito que atento mi exposición, no salía de su asombro y nadie se explicaba cómo se había invisibilizado a un hombre de su talla, que tantos servicios le prestó tanto al Partido Liberal como al país. Me cabe la satisfacción que, desde entonces, siempre que se habla de los grandes del liberalismo se incluye, en el lugar de privilegio que merece, a Robles.

Robles fue primero en todo: el primer negro en ser colegial de la Universidad del Rosario, en donde se graduó con honores en 1868, fue el primer negro en ocupar una posición relevante en el Gobierno Nacional, cuando a la edad de 22 años fue nombrado por el Presidente Murillo Toro como Director de Educación Pública del Estado Soberano del Magdalena en 1872, fue el primer negro en ser Rector de una Universidad, la Republicana, de donde nació la Universidad Libre de Colombia, de la que fue cofundador, fue el primer negro en llegar al Parlamento colombiano, varias veces, dos por el Estado soberano del Magdalena y una por Antioquia (¡!), fue el primer negro en ser Ministro del Tesoro y Crédito público, a los 26 años y en cuya cartera hace falta su retrato en la galería en el Ministerio de Hacienda de quienes han ocupado esa cartera.

Entre sus debates en el Parlamento se destacan dos: el de las emisiones clandestinas por parte del Banco Nacional y el otro en contra de la censura de prensa y la Ley de los caballos. En el primer caso, puso al descubierto las emisiones que de manera soterrada se estaban haciendo por parte del Banco Nacional, a ciencia y paciencia del gobierno.  Dejadme penetrar en Banco Nacional y os señalaré con el dedo en dónde están en los libros del mencionado Banco las pruebas de las emisiones clandestinas” le planteaba Robles al Congreso. A renglón seguido, propuso se conformara una Comisión que adelantara la investigación y estableciera la veracidad de sus denuncias. El Ministro del Tesoro, Carlos Calderón, en una salida en falso amenazó con recibirla con la punta de las bayonetas del ejército permanente, si es que osaba asomarse a las bóvedas del Banco A ello ripostó, airado y con el puño en alto, en actitud desafiante, Robles emplazándolo en los siguientes términos: “Si esta Comisión se nombra, le pido a la Cámara que yo sea designado: qué honor y qué gloria, caer atravesado por las bayonetas  pretorianas, al intentar abrir las puertas del local en donde se manejan en misterio los caudales de la Nación” e insitió, “dejadme penetrar en él y os señalaré con el dedo la prueba de las emisiones clandestinas”.

Efectivamente, la Comisión cumplió con su cometido, sus sospechas se confirmaron y unánimemente, a pesar de estar integrada por cuatro conservadores y un solo liberal, acusaron a varios ex funcionarios como responsables del ilícito, proposición que desde luego no tuvo acogida en la plenaria de la corporación. Uno de quienes resultó salpicado fue el Representante Carlos Martínez Silva, ex ministro del Tesoro de Carlos Holguín, a quien se le increpaba el haber tenido conocimiento de las emisiones clandestinas y no puso en conocimiento de ello al Congreso de la República. Esta vez la solidaridad de cuerpo de la bancada oficialista no funcionó y lo dejaron sólo, hecho este que contribuiría al agrietamiento del conservatismo que terminó  dividido entre nacionalistas e históricos. No obstante, sobrevinieron sanciones, aunque estas se quedaron, como suele ocurrir a menudo, en el nivel de los mandos medios, pues el gobierno eludió su responsabilidad. A la postre sus denuncias contribuyeron a adquirir conciencia de los riesgos de jugar con la confianza y al expedirse la Ley 70 de 1.894, esta derivaría en la disolución del propio Banco, que se había convertido en la caja de caudales para financiar la guerra por parte del gobierno. Este se constituyó en uno de los triunfos más resonantes del Negro Robles a su paso por el parlamento.

Otro debate importante fue el que adelantó a propósito de la censura de prensa que se impuso a través del artículo K transitorio de la Constitución de 1.886, según el cual hasta que no se expidiera la Ley de prensa, el gobierno quedaba facultado para prevenir y reprimir los asuntos atinentes a ella, lo cual se convirtió en una verdadera mordaza para la prensa opositora. Robles primero y Uribe Uribe, después, pedían insistentemente que la Ley se expidiera, pero pudo más la tozudez de Núñez, quien deliberadamente dilataba su expedición, para seguir con las manos libres y mantener a raya a la prensa, por la que tenía una fobia visceral. Se imponía, entonces, la versión oficial de las noticias y las opiniones políticamente correctas, contribuyendo de esta manera a atizar la hoguera, ya que como lo dijo el ex presidente Alberto Lleras Camargo “en un país mal informado no existe opinión sino pasión”. Al fin y al cabo, como lo sostuvo Ortega y Gasset la verdad oficial no es más que “una administración prudente de la falsedad”.  Con base en este úcase fueron clausurados los periódicos El Correo y El Relator, del radicalismo. Tan importante como ser elegido democráticamente, es gobernar democráticamente y en el caso de Nuñez no se dio ni lo uno ni lo otro, como lo ha podido establecer incontrastablemente el juicio de la historia, que no el historiográfico.

Abundan, entonces las razones para considerar a Robles como el paladín de la democracia de la segunda mitad del siglo XIX, las cuales me llevaron a percatarme y a persuadirme de su importancia y trascendencia; por ello, con el ánimo de hacerle justicia, presenté a la consideración del Congreso de la República un Proyecto de ley para rendirle el tributo que se merecía. Así fue como se expidió la Ley 570 de 2000, mediante la cual se le rinde honores. Entre las disposiciones allí previstas está el traslado de sus restos mortales desde el Mausoleo en donde estaban en el Cementerio Central de Bogotá a su natal Camarones, en La guajira. Me lo propuse y lo logre: darle cumplimiento a dicho cometido y hasta allá se trasladaron y hoy reposan en la humilde casa en donde nació, la cual fue declarada Monumento Nacional.

 

COLOFÓN

Se trata, entonces, de dos ilustres desconocidos, desconocidos por cuenta de su invisibilización para la historia, que ha sido injusto con ellos, pues estos dos prohombres fueron figuras destacadas, adelantados de su época, precursores de la lucha por la democracia, defensores de los indefensos y comprometidos con los derechos humanos. Nieto en la primera mitad del siglo XIX y Robles en la segunda mitad fueron grandes protagonistas del acontecer político, el primero justo cuando Colombia como Nación balbuciente sólo contaba con un proto-Estado en formación y él contribuyó a su defensa y consolidación, como institucionalista que fue. Por su parte a Robles le correspondió participar activamente en la vida nacional, en primera línea, durante un período bastante convulso y de gran crispación, de abierta confrontación entre federalistas y centralistas, de transición de la Confederación a Estado centralista que se entronizó con la Constitución de 1886.

Cualquier parecido de las circunstancias y de la vida aciaga que les tocó vivir a estos fogoneros de la revolución democrática, que fueron en vida Juan José Nieto y Luis Antonio Robles, con las que hoy vivimos, no es coincidencia. De tales raíces depende el fruto amargo de la violencia que nos asola y nos conturba. Bien se ha dicho, que la historia se repite, una vez como tragedia y otra como comedia, al parecer nos ha tocado padecer la tragicomedia de una Nación a pesar de sí misma, presa de esta racha cruel y cruenta que asóló el país por más de 50 años, pero que ahora, gracias al Acuerdo final con las FARC y a las negociaciones en curso con el ELN aspiramos y esperamos dejar atrás. Es como si de pronto despertáramos después de una larga pesadilla. Con todos estos antecedentes históricos, que por ignorados no son menos aleccionadores, aún no nos hemos convencido de que no hay guerra buena ni paz mala.

 

Concluyamos con este apotegma del Quijote, el Hidalgo de la triste figura: “La historia es émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente y clara advertencia de lo porvenir”.

 

“Los hombres y los siglos vuelven cíclicamente” 

Jorge Luis Borges

 

Bogotá, octubre 24 de 2017

www.amylkaracosta.net


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