Apr 19, 2021 Last Updated 8:27 PM, Mar 30, 2021

FRENO A LA CLEPTOCRACIA (A propósito del control social)

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Uno de los mayores flagelos que ha venido azotando al país es la corrupción. Pese a que éste es un mal universal, que se esparce como la peste negra con la globalización, el de Colombia es un caso tan aberrante, que llama la atención de la propia comunidad internacional.

Son tantos y tan frecuentes los episodios de latrocinio en desmedro del erario público, que hoy vivimos una especie de paranoia, merced a los escándalos recurrentes que protagonizan altos, medios y bajos funcionarios del Estado. A fuerza de su repetición, la opinión pública ha terminado por insensibilizarse, ante las continuas denuncias de los abusos cometidos por funcionarios públicos bellacos e indelicados, a tal punto que al socaire de una nueva escala de antivalores, se ha venido interiorizando de tal manera en el consciente colectivo la permisividad y la tolerancia de la transgresión de la Ley y de los principios éticos, fomentando “una noción instantánea y resbaladiza de la felicidad: queremos siempre un poco mas de lo que ya tenemos, mas y mas de lo que parecía imposible, mucho mas de lo que cabe dentro de la Ley, y lo conseguimos como sea, aún contra la Ley” . 

Hemos llegado a tales extremos de corrupción en Colombia, que algunos expertos llegan a equipararla, en sus estragos, con la violencia que asola al país, pues una y otra le cuestan al país cuatro puntos del PIB, cada una y sumados sus mefíticos efectos son catastróficos. Con razón advierte el Presidente de Transparencia internacional, que “la corrupción puede ser el obstáculo individual mas devastador que se opone al desarrollo económico, social y político en países que carecen de sistemas políticos abiertos” .
Resulta, entonces, inaplazable dar la batalla contra esa hidra de mil cabezas, que es la corrupción, si queremos hacer del nuestro un país viable. Para su éxito, es fundamental el comprometimiento y la participación ciudadana, para lo cual hay que vencer la apatía, la indiferencia y el escepticismo. En esa dirección apunta la Ley 563/2.000, de nuestra autoría, reglamentaria de las veedurías ciudadanas. Este constituirá un valiosísimo instrumento en el propósito de darle transparencia a la gestión del gasto público a todos los niveles y está llamado a constituirse en el antídoto contra la corrupción, que campea en la administración pública. Al control fiscal de la Contraloría, al control disciplinario de la Procuraduría y a la acción penal de la Fiscalía, se viene a sumar ahora el control social de la ciudadanía a través de las veedurías, ampliando y consolidando, de paso, los espacios de participación. De este modo, las entidades de control dejarán de ser especies de notarías públicas, que simplemente se limitan a registrar con estupor, como hechos consumados, los multimillonarios desfalcos a las arcas del Estado. La vigilancia y el control que ejercerán las veedurías ciudadanas, velará por que los recursos públicos no se desvíen ni se dilapiden, así como también por que las contrataciones se hagan con transparencia y pulcritud. Se trata de establecer un dique de contención al desbordamiento de la corruptela, implementando una especie de alerta temprana, que permita detectar a tiempo las irregularidades que puedan presentarse en la ejecución del gasto público, poniendo a disposición de las autoridades competentes el acervo probatorio, para que estas puedan actuar oportunamente y evitar la defraudación del erario público, para ponerle coto a la impunidad rampante. Así, se le pondrá un torniquete a esa vena rota y se impedirá que los dineros públicos se sigan yendo por las cañerías de la inmoralidad y la corrupción, avanzándose en el propósito de relegitimar al Estado, hoy depredado y escarnecido. La puesta en marcha de esta Ley y en la medida que la sociedad la asuma con toda la responsabilidad, hará que tiemblen los pillos y los inescrupulosos, por que pagarán por sus fechorías, empezando por los peces gordos.


“la política es de aquellas actividades, en las que
solo los medios justifican el fín” Camus


Santafé de Bogotá, Febrero 11 de 2000

 


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