Feb 26, 2021 Last Updated 2:26 PM, Feb 1, 2021

UN FALSO DILEMA

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LA ESPIRAL ALCISTA DE LOS PRECIOS DE LOS ALIMENTOS

El CEO de la multinacional Nestlé Peter Brabeck alborotó el avispero con sus explosivas declaraciones anatemizando a los biocombustibles, al afirmar tendenciosamente que “el mundo se enfrenta a una crisis por la subida de los alimentos, debido a las enorme cantidad de tierra dedicada a los biocombustibles”. Esta afirmación no resiste un análisis, habida consideración que hoy por hoy sólo se dedican a producir materias primas para los biocombustibles el 1% del área cultivable en el mundo. EEUU, que se distingue como el primer productor mundial de etanol sólo utiliza el 3.5% de su superficie cultivable a dicha producción y Brasil, que le sigue de cerca, el 1%. El caso de Colombia, que apenas empieza a incursionar en esta nueva industria, es patético: la producción de biocombustibles compromete sólo 200 mil hectáreas (40 mil para etanol y 160 mil para biodiesel), las cuales representan a lo sumo el 1% del área cultivable. Es esa la “enorme cantidad de tierra dedicada a los biocombustibles” que pone en peligro la seguridad alimentaria? No hay tal, entonces, que la producción de biocombustibles “ha requerido un cambio en el uso de las tierras que se dedicaban a la alimentación”, como lo sostiene el diario El Tiempo. Puestos en contexto, producir alimentos o producir biocombustibles es un falso dilema. 
Sostiene, además que “la organización mundial para la alimentación ha llegado a las mismas conclusiones que llevo repitiendo desde hace años: que no haya alimentos para los biocombustibles porque se pierde mucha tierra para la alimentación". David Hallam, Director adjunto de Comercio y Mercados de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se limitó a decir que de lo que se trata es de “relanzar el debate sobre la política global de biocombustibles y analizar alternativas para hacer a este mercado más flexible, con el fin de reducir el riesgo de una nueva crisis alimentaria”. No se trata, entonces, de proscribir la producción y uso de los biocombustibles, dado que, en concepto de  Heiner Thofern, Jefe del Proyecto de Bioenergía y Seguridad Alimentaria de la FAO (BEF, por sus siglas en inglés), la producción de bioenergía encierra un gran potencial para revitalizar las economías rurales, reducir la pobreza y mejorar la seguridad alimentaria de las familias”. Todo lo contrario de la amañada interpretación que le da a sus palabras Brabeck.
José Graziano Da Silva, Director de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la máxima autoridad en la materia, ha sido enfático al afirmar que los "biocombustibles no son responsables del alza de los precios de los alimentos". Pese a ello, al aludir a los biocombustibles, aduce Brabeck que “detrás (de las subidas de los precios) hay grupos de presión muy fuertes y altas subvenciones, por eso espero una crisis alimentaria y hambrunas más fuertes que las de 2008". El mismo Graziano fué categórico al afirmar que "no hay crisis alimentaria, hay crecimiento de precios", que es distinto y la tendencia seguirá siendo esa debido a unas serie de causas estructurales, ajenas todas ellas a la suerte de los biocombustibles. Se destacan entre ellas, el aumento de la población y su mejora del ingreso, el impacto del cambio climático, la devaluación del dólar, el incremento de los costos de la energía, políticas erróneas de los gobiernos y la especulación en los mercados de futuros. Por ello no es extraño que, como corolario de la espiral alcista de los precios de los alimentos en 2008, la revista The Economist sentenciara: “hemos llegado al final de la era de la comida  barata”. De ello estamos notificados. 

LA IMPORTANCIA DEL CICLO DE VIDA
Desde luego que la producción de etanol a partir del maíz y del biodiesel a partir de la colza o canola tiene sus bemoles, pero no por las razones que invocan Brabeck y El Tiempo, al achacarles la culpa del alza del precio de los mismos. En primer lugar, como lo aclara el ex ministro y Presidente ejecutivo de la Federación Nacional de Biocombustibles Jorge Bendeck, “el maíz que se utiliza para producir etanol es el amarillo, usado para alimentación animal y no el blanco que se emplea para producir harinas utilizadas para consumo humano”, como la tortilla mexicana. Es más, gracias a la tecnología de los procesos empleados para producir etanol con base en el maíz, se obtienen otros derivados “que reemplazan los concentrados para animales constituidos por maíz molido y soya”. De lo anterior se sigue que “el tonelaje neto de maíz utilizado para producir etanol, fue de 88 millones de toneladas o el 28% de la producción total de maíz amarillo producido en los Estados Unidos en 2011 y no 50% como afirma Brabeck”.

Nuestro reparo a la utilización del maíz y la colza para producir etanol y biodiesel, respectivamente, está en su baja eficiencia energética, en el menor rendimiento por hectárea y la baja reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, en comparación con otras materias primas, como lo son la caña de azúcar y la palma africana. Mientras la eficiencia energética de estos es de 8.3 y 9.6, respectivamente, la eficiencia del uso del maíz y la colza es de sólo 1.8 y 3.7. En cuanto al rendimiento se refiere, los cultivos de caña de azúcar y palma es de 2.378 galones/hectárea/año y 1.466 galones/hectárea/año, respectivamente, el maíz y la colza tienen un rendimiento más modesto de 845 galones/hectárea/año y 291 galones/hectárea/año. Por último, de lejos las mezclas del etanol y el biodiesel a partir de la caña de azúcar y palma reducen las emisiones de gases de efecto invernadero en una mayor proporción que su producción a partir del maíz y la colza; mientras los primeros, en su orden, reducen tales emisiones con respecto a la gasolina y al ACPM en más de un 80%, en el caso del maíz y la colza menos del 40% y el 20%, respectivamente. Así lo han entendido los EEUU y por ello se ha resuelto enfatizar en los biocombustibles avanzados, entre los cuales se destacan aquellos obtenidos con base en caña de azúcar, entre otros, o los de origen celulósico. Huelga decir que en Colombia no se produce etanol a partir del maíz sino de la caña de azúcar y tampoco se produce biodiesel a partir de la colza sino de la palma. 

Estamos de acuerdo con El Tiempo en que sería paradójico que “para elaborar combustibles menos contaminantes se produzcan emisiones de CO2 superiores a las cantidades no emitidas por su uso, sin contar con los problemas respiratorios y la desaparición de santuarios verdes”. Pero, este no es el caso de los biocombustibles, particularmente en Colombia.  En efecto, los resultados obtenidos por el The Swiss Federal Laboratories for Materials Science and Technology (EMPA) de Suiza y por la parte colombiana el Centro Nacional de Producción más Limpia (CNMPL) y la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) sede Medellín, son contundentes e incontrovertibles. Ellos adelantaron la “Evaluación del ciclo de vida de la cadena de producción de biocombustibles en Colombia” en el marco del convenio “estrategias de energía sostenible y biocombustibles para Colombia” auspiciado por el Ministerio de Minas y Energía de Colombia y con el apoyo financiero del BID y del gobierno del Japón. Dicha evaluación concluyó que las reducciones netas de GEI en el caso de la cadena del etanol es del orden del 74% y en la de biodiesel el 83%, muy por superior a la reducción mínima del 40% de GEI establecido como estándar por varias de las entidades certificadoras de la calidad de los biocombustibles (RSB, CARB 2009, TC 383 y EU – RED). Esto es lo que distingue, por ejemplo, el etanol y el biodiesel producidos en EEUU y Malasia, respectivamente; estos últimos reducen las emisiones netas de GEI en porcentajes muy inferiores, de 20 – 25% y 35%, según EPA, agencia ambiental de los Estados Unidos.
Este resultado no habría sido posible si, como lo afirma El Tiempo, para producirlos se hubieran “destruido espacios naturales indispensables para el equilibrio biológico del planeta, mediante la deforestación de bosques y selvas y el cada vez mayor uso de agua y fertilizantes, la mayoría de los cuales acidifica los suelos de manera peligrosa y disminuye los volúmenes de reservas acuíferas para el consumo humano en el mundo”. Y mucho menos si se estuvieran dando “abusos y excesos que atentan contra los bosques tropicales y el patrimonio ecológico. Allí se instalan plantaciones para la producción de etanol, principalmente, previa quema del entorno”. Estas apreciaciones no pasan de ser meras conjeturas y están, como diría Octavio Paz a las afueras de la realidad, como lo demuestra el hecho que la ampliación de la frontera agrícola para producir más caña para el etanol y más aceite para el biodiesel se está dando en este momento en la altillanura y en el norte de Colombia, en tierras degradas por la ganadería extensiva y no atentando “contra los bosques tropicales y el patrimonio ecológico”. Gracias a estos nuevos desarrollos, esta región se proyecta hacia el futuro como la gran despensa de alimentos para el país; sí, de alimentos! Por lo demás, no se debe perder de vista que, según el Ministro de Agricultura Juan Camilo Restrepo, “una hectárea en promedio en agricultura produce 12.5 veces mayor valor agregado que en ganadería”, máxime si esta es tan extensiva como en Colombia. 

LA DISPONIBILIDAD Y EL ACCESO A LOS ALIMENTOS
Volvamos sobre el tema que motiva estas disquisiciones, el alza de los precios de los alimentos, que por estos días ha alcanzado su clímax merced a los estragos del cambio climático, y a la carestía de los mismos. Recordemos que la seguridad alimentaria se puede ver afectada más que por la disponibilidad de los alimentos por el acceso a los mismos. Es cada día más evidente que la volatilidad y las persistentes alzas en los precios de los alimentos no obedecen propiamente a la escasez de estos. El mundo hoy produce más alimentos per cápita que nunca, actualmente se produce el doble de alimentos de los que se necesitan para acabar con el hambre en el mundo. Hay alimentos para todos. Resulta paradójico que mientras las existencias de alimentos pueden alcanzar para todos, más de 1.000 millones de personas en el mundo pasan hambre, como quien dice uno de cada siete habitantes del planeta tierra. El caso de Latinoamérica es patético, pues mientras produce un 30% de excedentes de productos agrícolas que tienen por destino la exportación, 52.5 millones de sus habitantes se acuestan diariamente con hambre. 

Claro que el derroche y el desperdicio de alimentos también ponen su cuota en este dantesco drama humano: cada año en Europa se tira a la basura la mitad de los alimentos que se compran, mientras que en la UE viven 79 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza y 16 millones dependen de la caridad. Entre tanto en los EEUU se desperdicia el 40%, mientras más de 40 millones de pobres se ven a gatas para procurarse sus alimentos. Se estima  que los alimentos desechados por los estadounidenses cada año equivalen a los US $165.000 millones y según la FAO bastarían sólo US $44.000 millones anuales para erradicar el hambre en el mundo. Entonces, este es un asunto de conciencia social, de freno al consumismo, de racionalidad, de prioridades y, por sobre todo, de voluntad política.  Con sobrada razón, mientras la tuvo, el ex director del FMI Dominique Strauss-Khan, sostuvo que “entendemos que la inequidad social y el desempleo pueden destruir los logros de los mercados y las economías. Los documentos sobre repartición desbalanceada de la riqueza reflejan los elementos necesarios para la inestabilidad y la crisis. Se trata de una combinación peligrosa que puede ser la semilla para desestabilizar sistemas políticos”.

Según los expertos del G-20, “la situación actual del mercado de productos agrícolas es preocupante, pero no hay ninguna amenaza que se cierna sobre la seguridad alimentaria a nivel mundial”. Eso sí, “el elevado nivel de los precios coloca a los países importadores de cereales en una situación delicada”. Es el caso de Colombia, que pasó de importar 700 mil toneladas de granos  en los años 90 a 7 millones actualmente; 85% del maíz que se consume en Colombia es importado. En lo corrido del año las importaciones de productos alimentarios al país crecieron un exagerado 19.6%, tornándose así cada vez más vulnerables frente a la volatilidad e incremento de los precios en los mercados externos. 

Ello se explica fundamentalmente por el retroceso del sector agrícola, a consecuencia de la apertura atolondrada que se precipitó en el país con la expedición del Decreto 2095 de septiembre de 1991 y arrinconado ahora por el auge de la minería. Desde entonces la agricultura en el país no ha vuelto a levantar cabeza y ha venido creciendo muy por debajo del crecimiento promedio de la economía. Según el experto Juan José Perfetti, “desde el año 2005 la producción agrícola total se mantiene alrededor de los 25 millones de toneladas”. Nada menos el año pasado mientras el PIB global creció a un buen ritmo del 5.9%, el sector agrícola creció un anémico 2.2%. Y en el I trimestre de este año arrancó peor, con una caída en el crecimiento de -0.4% frente a un crecimiento promedio del PIB de 4.7%. Y precisamente uno de los méritos de este nuevo cluster de los biocombustibles es que contribuye a dinamizar el sector agrícola, al tiempo que genera empleo e ingreso, poder de compra, que son los que en últimas permiten el acceso a los alimentos. No obstante, la seguridad alimentaria en Colombia está riesgo, y no propiamente por cuenta del avance de la novel industria de los biocombustibles, sino por la amenaza que significa depender en tan alto grado para su abastecimiento interno de las importaciones de alimentos, lo cual atenta contra la disponibilidad de los mismos y, por otra parte, los altos niveles de pobreza, desempleo e inequidad social hacen que el acceso a ellos se constituya en un grave predicamento para un gran conglomerado de nuestros connacionales.


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