Jun 29, 2017 Last Updated 5:33 PM, Jun 27, 2017

ESTANFLACIÓN GLOBAL

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La globalización tiene sus ventajas y sus desventajas, una de estas es que las crisis cuando se presentan son sincronizadas y expansivas y nada ni nadie puede escapar a sus devastadores efectos. Hoy, más que nunca, las economías de los distintos países son interdependientes entre sí, pues son múltiples los vasos comunicantes y los conectores entre unas y otras, hasta hacer de todas ellas una sola economía global. En consecuencia, ningún país, por poderoso que sea, está en capacidad de sustraer su economía del resto del mundo.

 

Precisamente por ello se suele hablar del “efecto mariposa”, para aludir a la gran sensibilidad de los fundamentales de la economía de un país con respecto al comportamiento de ellos a nivel planetario. Decía el maestro Gianni Rodari, “lanza una piedra en un estanque y su efecto hará que en dicho estanque se produzcan enormes cambios, desde su superficie hasta las profundidades. Esta es la esencia de la teoría del caos de Edward Lorenz. Con la economía ocurre algo semejante, cualquier turbulencia o inestabilidad inicial, por pequeña que sea, se transmite de manera instantánea a todo el conjunto de la economía de las naciones, por más remoto que sea el escenario de la misma. 

Y si la perturbación proviene de una economía con el peso de la estadounidense, considerada la principal locomotora de la economía global, como que representa el 25% del PIB mundial, resulta aún más difícil escapar a su impacto. Su capacidad de arrastre se ha visto menguado por la irrupción de las economías emergentes, muy especialmente de China e India, pero sigue teniendo un gran peso específico. Por ello, ahora que su economía se ha visto zarandeada por los vientos cruzados de la recesión y la inflación, el mundo entero se ha llevado las manos a la cabeza, presa de la preocupación y el pánico. Esta combinación incómoda de estancamiento del crecimiento y aumento en el nivel de precios es algo singular, una rareza, que se da muy esporádicamente. La estanflación, como se le conoce, es un anglicismo que denota una completa distorsión de los mercados difícil de lidiar, que coloca a las autoridades económicas y a la banca central ante una gran disyuntiva. La tensión entre dos objetivos antagónicos, controlar la inflación y galvanizar el crecimiento, pone a la banca central en una posición ´perder-perder´, ya sea con cara o sello, igual da. Tal y como lo manifestó el entonces ministro de Finanzas Británico en 1995, que fue quien acuñó el término, Ian Mcleod, “Ahora tenemos lo peor de ambos mundos: no sólo estancamiento por un lado sino inflación por otro”. Este fenómeno se había presentado por última vez en los 70, cuando puso en aprietos a la Reserva Federal de Los EEUU (FED) y desde entonces había consenso entre los economistas en que las posibilidades de que se repitiera eran muy remotas. Y no es para menos, ya que de acuerdo con la ortodoxia económica no debería darse nunca, porque las presiones inflacionarias surgen justamente cuando la economía se “recalienta” mucho y aumentan gastos e inversiones, el empleo, el ingreso y el poder adquisitivo de la población. Pero este no es el caso.

Hace más de año y medio se viene hablando sobre la desaceleración de la economía de los Estados Unidos y los temores por el advenimiento de una recesión en sus predios. Los Estados Unidos habían logrado lo que podría calificarse como prodigio, al sostener durante 16 trimestres consecutivos y de manera continua el crecimiento de su economía, concomitantemente con una gran estabilidad de precios y bajo empleo, cuando lo normal son sólo 12 o a la sumo 13 trimestres. En los últimos 25 años los EEUU sólo han experimentado dos recesiones, ambas fugaces y suaves. La de 1991 duró 8 meses, el PIB bajó 1.3% y el gasto de los consumidores cayó, lo que no ocurrió en la de 2001, que se prolongó por el mismo lapso, cuando sólo se desaceleró, mientras el PIB declinó sólo 0.4%. Pero, como afirma el Nóbel de Economía Joseph Stiglitz, “lo hecho por George W. Bush es similar o peor a lo realizado en materia económica por Herbert Hoover en la década de los años veinte del siglo XX, que llevó al peor ´crac´ en la historia del capitalismo”. Y esos polvos nos tenían que traer estos lodos!

A todas luces, estamos en presencia de una recesión en los Estados Unidos, esta vez más severa que las dos anteriores, cuya economía como la del resto de países del mundo se está viendo lastrada por los brotes inflacionarios, los cuales con la globalización dejaron de ser un asunto doméstico para convertirse en una variable independiente que hace rato se le salió de las manos a la autoridad monetaria. La inflación dejó de ser un fenómeno meramente monetario, como los sostiene Milton Friedman, para verse influenciada por otros factores, entre ellos el geopolítico, que no se pueden ignorar a la hora de abordarla. Aunque el National Bureau Of Economis Research, quien tiene la última palabra a la hora de anunciar oficialmente si estamos en presencia de una recesión, aún no se ha pronunciado, son muchas las pruebas al canto que dan cuenta de ella. Aunque aún en ciernes, ya los estadounidenses se sienten agobiados por varios de sus signos y síntomas: la producción industrial decayó el año anterior y terminó con 0.23%, por debajo del mes de julio; el empleo, que venía creciendo a un ritmo de 115.000 empleos nuevos al mes languideció hasta concluir el mes de diciembre con 20.000; las ventas al por menor cayeron en el mes de diciembre y está por establecerse lo que pasó con los ingresos personales. Y Goldman Sachs, uno de los bancos de inversión más grande del mundo, nos ofrece la que podríamos considerar como prueba reina; según él en los últimos 60 años, cada vez que la desocupación sube 60 puntos básicos en EEUU la economía cae en recesión y, efectivamente, el paro pasó de 4.4% en marzo de 2007 a 5% en diciembre. 

La situación se ha tornado más compleja, a consecuencia del contagio de la economía de los Estados Unidos de la ola alcista de precios que ronda a la economía global. Los precios de muchos productos, empezando por el crudo y los alimentos, están desfasados en el mundo entero, presionando fuertemente sobre el índice de precios al consumidor. Ello complica el manejo de la crisis; como lo explica el ya jubilado ex presidente de la FED, Alan Greenspan, “este es un entorno de política mucho más difícil de lo que yo haya experimentado” . Y no es para menos, pues el riesgo de una mayor inflación limita la capacidad de respuesta de la FED ante la amenaza de una recesión; en ese sentido, la situación difiere de la recesión del 2001, cuando la economía se “enfrió”. Ello preocupa a Wall Street, tanto más cuando les está tocando capear el temporal con el crudo rondando los US $100 el barril, contra US $30 de aquel entonces y con una inflación de 4.3 para noviembre, la más alta en 22 años, de 2007 contra 1.6% de 2001. La FED, en un desesperado esfuerzo por conjurar la recesión y reanimar la alicaída economía estadounidense, ha intervenido una y otra vez las tasas de interés de referencia de los fondos federales. El martes, 22 de enero, volvió a rebajarlas en tres cuartos de punto porcentual (0.75), el mayor recorte de tasas en un día desde 1982, el primero que se decreta antes de la reunión programada desde el S-11 en 2001, cuando todo mundo esperaba un máximo de 0.50, pasando la tasa de referencia de 4.25%, en la que estaba después de un recorte de 0.5 en septiembre y 0.25 tanto en octubre como en diciembre del año anterior, a 3.5, su nivel más bajo desde septiembre de 2005 y por debajo de la inflación. 

Ahora bien, las repercusiones de esta estanflación en la economía global dependerán de qué tanto puedan compensar las economías emergentes, particularmente de China e India, que han venido creciendo a tasas que oscilan entre 7.5% y 10% en las últimas dos décadas, puedan compensar la ralentización de la economía estadounidense. La duda estriba en la capacidad de las economías asiáticas para “desacoplarse” de la locomotora estadounidense y seguir su propia marcha, a contrapelo de la descaecida economía de los EEUU, ocupando su lugar, relevándola como motor de la economía mundial. Hay quienes conjeturan que ello es posible, basado en el hecho de que el auge de los commodities, estimulado principalmente por la demanda de los países asiáticos, ha perdurado a despecho de la caída de la demanda estadounidense como secuela de la desaceleración de su economía. Pero, está por verse hasta dónde el mercado interno de los países asiáticos puede suplir la contracción del mercado estadounidense. Lo cierto es que las exportaciones asiáticas que representaban el 44% de su PIB en 2002, ya para el 2005 estaba en el 55% y, aunque el comercio intraasiático ha crecido ostensiblemente, el 60% de sus exportaciones va a parar al mercado de los EEUU, la UE y Japón. Así las cosas, les quedará asaz difícil salir ilesos de esta debacle tanto a las economías asiáticas, que tendrán que encajar el golpe, como las latinoamericanas, que, además de su gran vulnerabilidad, giran en la orbita de los EEUU. Y ésta en 2008, como afirma Stuart G. Hoffman, de PNC Financial “será como un gato en un techo de zinc caliente que ya usó seis de sus siete vidas“. El gran interrogante es si la economía global descenderá lenta y suavemente, a medida que se despresuriza, o, por el contrario se precipita y se desploma, con todas sus consecuencias.

Riohacha, enero 23 de 2008
www.amylkaracosta.net


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