Nov 24, 2017 Last Updated 8:14 PM, Nov 14, 2017

LA SEGURIDAD ALIMENTARIA COMO DERECHO FUNDAMENTAL

Categoría: Sociedad
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OBJETIVO DEL MILENIO

Según la definición de la FAO, se entiende por seguridad alimentaria “cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico, social y económico a los alimentos suficientes, inocuos y nutritivos que satisfagan sus necesidades energéticas diarias y preferencias alimentarias para llevar una vida sana y activa” . En concepto de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) la seguridad alimentaria es lo más fundamental de las necesidades y de los derechos humanos. Como lo afirmó el Director General de la FAO José Graziano da Silva en un evento paralelo a la Asamblea General de la ONU, ”es posible que la seguridad alimentaria no sea siempre nuestra primera preocupación, pero debería serlo” . 

Para la FAO la seguridad alimentaria es un derecho fundamental y no es para menos habida cuenta que de ella depende que la persona pueda desplegar y potenciar todas sus facultades físicas y mentales. Ello es tanto más cierto en tratando de la primera infancia, de la niñez, toda vez que los primeros 1.000 días de existencia resultan definitivos para el desarrollo a plenitud de las mismas a futuro. Es esta la etapa más crítica, pues es justo en ese momento cuando se está empezando a desarrollar la habilidad cognitiva que lo va a equipar para su posterior desempeño en la sociedad. Lo que no se haga por la infancia en esos primeros años, se traducirá más adelante en una desventaja frente al resto de sus congéneres. 

El hambre y la desnutrición junto con las guerras constituyen las dos lacras sociales que se resisten a desaparecer del escenario, de un mundo que ha avanzado y progresado como nunca en las últimas décadas. Para los años 1990-1992 el número de personas afectadas por el flagelo del hambre era de 1.015 millones, para un porcentaje del 19% de la población mundial. Despuntando el nuevo milenio (2000 – 2002) esa cifra se redujo ligeramente, pero seguía siendo alarmante tanto en términos absolutos (930 millones de personas) como proporcionales (15%). Ello movió a las Naciones Unidas a imponerse como uno de los 8  Objetivos del Desarrollo del Milenio (ODM) reducir para el 2015 a la mitad dicha proporción con respecto al año 1990. Al fin y al cabo, como lo sostuvo José Graziano da Silva, “la paz mundial y el desarrollo sostenible no se pueden lograr sin acabar con el hambre” .

Según el más reciente Informe de la FAO correspondiente al período 2012-2014, El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo, 805 millones de habitantes padecen la subalimentación crónica, para un porcentaje del 11.3%, alejado aún de la meta del ODM. América Latina y el Caribe (ALC) es la primera y única región del mundo que ha alcanzado dicha meta al pasar del 15.3% en el período 1990-1992 al 6.1% en el período 2012-2014. No obstante, a Colombia particularmente, ya se le agotó el tiempo para alcanzarla, pues tendría que reducir en menos de año y medio 1.7 millones el número de compatriotas que no alcanzan a suplir sus requerimientos de energía alimentaria en el día a día. 

DETERMINANTES DE LA SEGURIDAD ALIMENTARIA

La seguridad alimentaria consta de tres elementos esenciales: el primero es la disponibilidad de los alimentos, el segundo el acceso a los mismos y tercero la estabilidad o sustentabilidad, entendida esta como la garantía del primero y el segundo a lo largo del tiempo, que no sea intermitente. Como lo veremos la seguridad alimentaria, más que un problema de disponibilidad de alimentos es un problema de acceso a los mismos y este está determinado por el nivel de ingresos, el cual a su vez está correlacionado con el empleo. De allí que los más castigados por el hambre y la desnutrición sean los pobres y por ello no se puede erradicar eficazmente el hambre sin combatir la pobreza. Ello explica por qué el hambre y la desnutrición se concentra en los países en desarrollo; es así cómo Asia participa con el 65%, el África con el 28% y ALC con el 4.6%, entre tanto las regiones más desarrolladas sólo participan con el 2% de la población subalimentada. Está demostrado, a guisa de ejemplo, que ALC especialmente se autoabastece de alimentos, disponiendo de las cantidades necesarias y suficientes para cubrir las necesidades calóricas de su población, es más ALC es exportadora neta de alimentos. Sin embargo 37 millones de su población se acuesta diariamente con hambre. 

También influye en la asequibilidad de la canasta familiar los precios de los alimentos y estos se ven determinados por varios factores, destacándose entre ellos: la mayor demanda como consecuencia de la creciente urbanización de la población, especialmente en los países en desarrollo, concomitantemente con su mayor poder adquisitivo. El número de hogares de clase media crece exponencialmente, al punto que se estima para 2024  aproximadamente 600 millones, doblando el número de núcleos familiares que se registra hoy en día. Los mayores aportantes a esta ola creciente de movilidad social  son China, India, Brasil y Rusia. En la China pasaron de un 20% de su población asentada en el campo en los años 80 a 45% en 2005 y se estima en 70% para 2025, al tiempo que entre 1990 y 2005 salieron de la pobreza 500 millones de personas. 

Según proyecciones del Departamento de Agricultura de EEUU un número mayor de dos millones de hogares en Colombia engrosarán los contingentes de clase media en 2024, lo cual supone un crecimiento del 40% en sólo una década. Este incremento de la población con mayor poder adquisitivo habrá de impactar sensiblemente la demanda por alimentos. Como lo acota el experto Andrés Espinosa F, “al evaluar lo anterior en una perspectiva a 10 años – asumiendo cuatro personas por cada hogar -, deducimos que el aumento proyectado de la clase media colombiana podría representar una demanda adicional de 152 mil toneladas de carne de bovino, 216 mil toneladas de pollo y 54 mil toneladas de carne de cerdo” 

En cuanto a la tasa de cambio y su tendencia, en la medida que los alimentos se transan en los mercados internacionales en la divisa americana, sus variaciones también inciden en el comportamiento de los precios de los alimentos y no sólo de estos sino en general de todos los commodities. Esta es la regla. Y ello ocurre en razón de que está comprobada una asimetría entre las fluctuaciones de la tasa de cambio y las oscilaciones de sus precios en el mercado. Es decir, cuando el dólar se aprecia frente a otras monedas importantes, los precios de los productos básicos suelen caer y viceversa. 

Por su parte el cambio climático – caracterizado por los fenómenos extremos de sequías y lluvias torrenciales, siempre intempestivas - también, con todos sus estragos , puede llegar a ser eventualmente causante de la carestía de los alimentos. La agricultura se ve seriamente afectada por el cambio climático, pero a su vez es una de las principales fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que son los que lo provocan. Partamos de la base que para producir una caloría de alimentos se necesita en promedio de 7 a 10 calorías de insumos. 

A nivel global la agricultura contribuye con el 30% de las emisiones de GEI y consume más del 70% del agua que se demanda en el mundo, la misma de la cual adolecen 800 millones de sedientos en el mundo. Con razón afirma Paul Polman, CEO Global de Unilever y Marc Van Ameringen y Director ejecutivo del Global Alliance for Improved Nutrition, que “no podemos hablar del hambre sin encargarnos del cambio climático, de la producción de alimentos sin sostenibilidad o del crecimiento sin una buena nutrición” . Además, un estudio de Harvard School of Public Health las mayores concentraciones de CO2 dan lugar a una reducción en los nutrientes vitales en los alimentos básicos, lo cual determina que cultivos tan  importantes como  el trigo, el arroz y la soya sean menos nutritivos de lo que eran antes para millones de personas que los consumen en los países en desarrollo. No hay que perder de vista, como lo resaltamos anteriormente, que el acceso de los alimentos se le dificulta más a los pobres y estos son a la vez agentes activos y pasivos del cambio climático, toda vez que en el límite de la exasperación, en su afán por sobrevivir, se ven empujados a hacer un uso no sustentable de los recursos naturales. Y los pobres, por ser los más vulnerables, son los más expuestos a los rigores de las inclemencias del cambio climático y al flagelo del hambre.

Otra arista a considerar a la hora de establecer las causas de la variabilidad de los precios de los alimentos tiene que ver con los costos de la energía, de la cual es intensiva la agricultura. Es bien sabido que la agricultura utiliza masivamente agroquímicos (fertilizantes, fungicidas, insecticidas, etc), todos ellos derivados del petróleo, cuyo precio es sumamente volátil pero con tendencia al alza. Además, consume harto combustible en la faena de preparación de las tierras para los cultivos y también para el transporte de insumos y cosechas. Adicionalmente, esta muy extendido el uso del riego y el drenaje, los cuales requieren del uso de la electricidad, ya sea para la aspersión de pozos profundos y/o para la conducción del agua.

Un aspecto que no se puede dejar de lado es el concerniente a las políticas públicas promovidas e implementadas por los países desarrollados que a despecho de los principios que promueven y predican a través de los organismos multilaterales respecto al libre comercio, lo entraban y lo distorsionan. Este es el caso de los cuantiosos subsidios que dispensan a sus agricultores y a sus productos agrícolas, causando distorsiones insalvables que afectan y de qué manera a los países en desarrollo, los cuales terminan pagando los platos rotos. 

Y, finalmente, otro factor del cual no escapan los precios de los alimentos es la especulación a través de una muy activa intervención del capital financiero a través de los fondos que se invierten en los alimentos y en los demás commodities para refugiarse frente a las crisis recurrentes del capitalismo global. Así ocurrió en 2008 y por cuenta de la especulación se disparó una crisis alimentaria que llevó los precios de los alimentos a niveles record desde que la FAO lleva registros del Índice de precios en junio de 2008 cuando alcanzó el máximo de 224.1, que luego sería superado por el pico registrado en abril de 2011 de 232.1, el mayor en veinte años. A los consumidores, entonces, les tocó por estas épocas pagar lo que algunos prefieren llamar “prima de miedo”. 

En 2011 particularmente no menos de US $412.000 se transaron en las bolsas del mundo en el mercado de futuros de materias primas, de los cuales US $7.000 millones correspondieron a inversiones especulativas en las bolsas agrícolas.  Con razón afirmó Asier Hernando Malax Echeverría, encargado de  coordinar la campaña CRECE de OXFAM en Suramérica, que “el mercado de alimentos en el mundo funciona como un casino de Las vegas” , imprimiéndole una gran volatilidad a sus precios. No obstante, para la FAO resulta difícil establecer qué es especulación y qué no es especulación, puesto que no faltan quienes consideran y asumen que sus posiciones bursátiles son sólo herramientas que les permite cubrirse frente a las bruscas fluctuaciones de los precios. Y así fue como nació originalmente el mercado de futuros hacia finales del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX.

LOS CICLOS DE LOS PRECIOS

Los precios de los alimentos, influidos como ya lo vimos anteriormente por la combinación de tales factores, tienen ciclos de precios altos y bajos, según la coyuntura del momento. Tan pronto se da una espiral alcista de precios cuando súbitamente estos se desploman, lo cual crea gran incertidumbre. Bien dice el analista internacional Moisés Naim que “la revolución verde en la agricultura, por ejemplo, llevó a que en 20 años se duplicara la producción de cereales en los países pobres. El mundo de hoy produce más alimentos per cápita que nunca. Ni Malthus ni Marx, ni los mercados dan respuestas adecuadas a las difíciles preguntas que plantea el explosivo crecimiento de China o la expansión de la clase media y el consumo mundial” . Gracias a la revolución verde  y el incremento espectacular de la productividad agrícola, el mundo experimentó un largo ciclo de precios bajos de los alimentos durante las décadas de los 60 y 70 del Siglo XX, que luego se vería interrumpido abruptamente por el alza inusitada de los precios del petróleo en la década de los 80. 

Más recientemente los precios de los alimentos después de la escalada alcista en 2008 se descolgaron a raíz de la crisis hipotecaria de EEUU, que se irradió al resto del mundo, para luego dispararse en 2010 hasta alcanzar niveles insospechables en el primer trimestre de 2011. Ahora estamos en presencia de los precios más bajos de los alimentos en el último lustro, los precios del maíz y de la soja, por ejemplo están por los suelos. Los precios del maíz a los cuales se transa en la Bolsa de granos de Chicago (CBOT), la más importante del mundo entero, los cuales sirven de referencia a nivel mundial, han caído 20%. Este es el mejor termómetro de lo que está pasando. Después de haber alcanzado un precio récord de US $616 por tonelada en agosto de 2011 en octubre 30 de este año se cotizó a US $323 (¡!). 

A ello contribuyeron la ampliación en un 20% del área sembrada en EEUU y el consiguiente aumento de la producción, los inventarios (los graneros están al tope), estimulados por los altos precios, las buenas condiciones climáticas y la subida de la cotización del dólar hasta un nuevo máximo histórico retornando a los niveles de comienzos de la década pasada. En cuanto a la soja, la baja de sus precios responde en gran medida a la suspensión por parte de China, el principal importador del mundo, de la importación de una variedad genéticamente modificada de la misma. Lo propio ha ocurrido con los demás cereales, que siguen bajando en todo el mundo, alcanzando, según reporte de la FAO, “su valor más bajo desde julio de 2010”. Por primera vez en diez años los productores de maíz, trigo y soya de EEUU están a punto de quebrarse y sólo una nueva alza de precios lo puede evitar. Y qué decir del aceite crudo de palma, cuyo precio llegó a US $640 la tonelada, el nivel más bajo de los últimos 5 años. 

Es de anotar que, como lo advierte Gregory Meyer, del Financial Times, “esta nueva abundancia tendrá vastos efectos: reducirá los ingresos de los agricultores y aumentará los márgenes de ganancia  de empresas de comida y biocombustibles y eventualmente reducirá la inflación de precios de la comida tanto en países ricos como en los más pobres” . Así ha ocurrido en el pasado y no hay razones para pensar que ahora será diferente; el riesgo que entraña esta coyuntura de precios bajos es que desestimule la producción agrícola y ello nos conduzca a una nueva carestía con precios altos que atenten contra la seguridad alimentaria. Eso es tanto como alimentos para hoy y hambre para mañana.

DOS PARADOJAS

Es necesario llamar la atención sobre una doble  paradoja que acusa el sistema alimentario en el mundo: por una parte, mientras millones de personas no tienen poder adquisitivo que les permita comer y miles de millones no consumen los nutrientes necesarios para tener una vida saludable, en la otra cara de la moneda nos topamos con el hecho de que 1.300 millones de seres son clasificados como obeso o sufren sobrepeso. Como lo afirma John Kenneth Galbraith, “más personas mueren por comer demasiado, que por comer poco” . De otra parte, las prácticas agrícolas más generalizadas siguen siendo altamente ineficientes y sobre todo atentatorias contra la sostenibilidad ambiental. En no pocos casos la ampliación de la frontera agrícola se ha venido dando a expensas de los bosques tropicales, que se han visto literalmente arrasados, lo cual contribuye en un 12% del calentamiento global, fenómeno este que como ya vimos afecta también la seguridad alimentaria. 

No deja de ser además de impresionante un mal síntoma de inequidad el hecho de que en el mundo se pierdan o desperdicien entre un cuarto y un tercio de la producción de alimentos para el consumo humano; se calcula que 2.000 millones de toneladas de alimentos (50% de lo que se produce) nunca llega a la mesa de los consumidores y de lo que llega aproximadamente el 40% termina en la cesta de la basura. En la Unión Europea, por ejemplo, se tira a la basura la mitad de los alimentos que se compran, al tiempo que 79 millones de personas permanecen por debajo de la línea de pobreza y 16 millones mendigan la caridad. En EEUU se desperdicia el 40% mientras 40 millones de pobres se ven a gatas para procurarse el sustento diario. Se estima que los alimentos desechados por los estadounidenses cada año equivalen a los US $165.000 millones y, según la FAO  “sólo” US $44.000 millones anuales serían suficientes para erradicar el hambre en el mundo. Por ello, concluye la FAO que “este es un asunto de conciencia social, de freno al consumismo, de racionalidad, de prioridades y, por sobre todo, de voluntad política”. No es extraño, entonces, que el Nobel de Economía Amartya Sen sentenciara que “las causas de las hambrunas son políticas” . Como lo sostuvo una el ex director General de FMI Dominique Strauss, antes de caer en desgracia, esta “combinación peligrosa que puede ser  la semilla para desestabilizar sistemas políticas” .

COLOMBIA A LA ZAGA

ALC alcanzó el primero de los 8 objetivos trazados por la comunidad internacional en el año 2000, el de erradicar el hambre y la pobreza extrema, imponiéndose como un primer hito reducir a la mitad el número de personas subalimentadas en el mundo con respecto a las vergonzosas cifras de 1990. La única región en alcanzar hasta la fecha tal cometido. 24 millones de latinoamericanos escaparon al hambre en los últimos 12 años; en 2002 61 millones de latinoamericanos  no tenían qué comer, hoy son 37 millones, que siguen siendo muchos. 14 países de la región ya alcanzaron la meta, desafortunadamente Colombia no se cuenta entre ellos. La mala noticia para ALC la acaba de dar el FMI en su más reciente evaluación de la economía latinoamericana, que muestra un pobre desempeño y por ello proyecta para el 2014 un anémico crecimiento de 1.3%, muy inferior al ya de por sí mediocre crecimiento del resto del mundo. Todo indica que “ la década de América Latina” , con crecimiento del PIB entre el 4% y el 5%, de la cual se ufanaba el Presidente del BID Luis Alberto Moreno, quedó atrás y ello pone en riesgo los progresos alcanzados.  

En Colombia 11 de cada 100 de sus habitantes no cuenta con la ingesta alimentaria diaria necesaria, la meta de llegar a 3.4 millones de subalimentados en 2015 aún está distante. Los mayores obstáculos a salvar para alcanzar dicha meta, así sea extemporáneamente, siguen siendo la pobreza y la desigualdad, que aunque se ha progresado en lo que respecta a la primera es poco lo que se ha avanzado en la segunda. En efecto, en los últimos cuatro años (2010 – 2014) la pobreza monetaria en Colombia pasó del 39% al 29.3% y la pobreza extrema pasó de 13.5% a 8.4%, 2 millones menos, pasando de los 5.9 millones a 3.9 millones, concentrados la mayor parte de estos en el campo. Según José Antonio Campo, quien lidera la Misión Rural, para 2013 la pobreza multidimensional en el campo fue 2.5 veces más que en la ciudad y la pobreza extrema 3.2 veces superior. Y en cuanto a la desigualdad el más reciente Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD Colombia entre 2008 y 2013 descendió dos lugares, lo cual, según Alfredo González, especialista en desarrollo humano para América Latina del PNUD, “se debe en gran medida a las profundas desigualdades que imperan en el país”  y por ello ocupa el puesto 12 en el mundo en desigualdad entre 168 países examinados. 

Lo irritante es que mientras nos lamentamos del hambre y la desnutrición de los humanos, aquí en Colombia se gasta $700.000 millones anuales en procurarle alimentación a 4.3 millones de perros y 1.4 millones de gatos que sirven de mascota. Adicionalmente se gastan $23.134 millones entre suplementos dietéticos, productos de cuidado, arena para gatos y juguetes caninos, entre otros. 

En Colombia la seguridad alimentaria está más amenazada por la falta de disponibilidad que por el mismo acceso y ello en razón de que el país perdió hace rato la soberanía alimentaria a consecuencia de las políticas neoliberales y a sus devastadores efectos. A contrapelo de lo dispuesto en la Constitución Política en su artículo 65, en el sentido que “la producción de alimentos gozará de la especial protección del Estado”, se impuso como dogma la absurda tesis de que “el mayor beneficio del comercio proviene de las importaciones y no de las exportaciones”  sostenida en su momento por el entonces Ministro de Hacienda Rudolf Hommes para justificar la apertura atolondrada que propició. “Lo que no producimos a un costo razonable lo deberíamos dejar importar para que la población colombiana se beneficie de los subsidios de los países ricos” . 

Y las consecuencias de este exabrupto no pudieron ser peores, según el Grupo de investigación en desarrollo empresarial Porter, “la superficie cultivada, excluido el café (la tragedia del café vendría después), se contrajo en 936.255 hectáreas entre 1990 – 1999, como consecuencia de una disminución de 969.792 hectáreas plantadas en cultivos transitorios y de un aumento de 33.537 hectáreas sembradas en permanentes. Así las cosas, el 25% del área cultivada en 1990 había salido de la producción en 1999” . Y desde entonces la agricultura en Colombia no volvió a levantar cabeza, lo cual se manifiesta en el estancamiento de la producción (como lo afirma el especialista Juan José Perfetti, “desde el año 2005 la producción agrícola total se mantiene alrededor de los 25 millones de toneladas” . Este, además, es el sector de la economía que menos crece, en promedio el PIB agrícola ha crecido un 50% del ritmo de crecimiento del PIB total. Por ello, además, ha venido perdiendo vertiginosamente participación en el PIB total, pasando de un 25% en 1965 a un 6% en la actualidad. A ello ha contribuido también y de qué manera la violencia, el desplazamiento forzado y la concentración de la tenencia de la tierra, que para muchos de sus propietarios sigue siendo más que un medio de producción una alcancía. Es muy diciente que no obstante que Colombia cuenta con aproximadamente 21 millones de hectáreas aptas para la agricultura en la última década nunca se han cultivado más de 5 millones (¡26%!). Así las cosas, no es extraño que Colombia pasara de importar 700 mil toneladas de granos en los años 90 a 7 millones en 2012. Es el caso del maíz, que el 85% que se consume en el país es importado y el 50% de los alimentos también es importado. La superación de este deplorable estado de cosas, como lo sostiene el Director General de la FAO, pasa por “una justa y equitativa tenencia de la tierra” . Esta, lo advierte él, “es una condición clave en la lucha contra el hambre y la pobreza” .

De allí que lo único que puede contribuir a erradicar el hambre y la desnutrición en Colombia es una política integral, que pasa por una mejor distribución de la tierra, por la provisión de bienes públicos (carreteras, distritos de riego, la asistencia técnica, etc.) por parte del Estado. Pero, para ello se requiere una política de Estado, que sea de largo aliento, como lo hizo Chile por ejemplo para acabar con la desnutrición y el hambre. Como afirma Alejandro López Chicheri, Portavoz del PMA para ALC el hambre y la desnutrición son problemas “generacionales”  que no se eliminan “en cuestión de días” . Es por esta razón que las políticas públicas más alimentarias y más exitosas son aquellas que “traspasan los gobiernos” , los trascienden. A pesar de haberse expedido un Documento CONPES Social el 31 de marzo de 2008 delineando una Política Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional (PSAN) y de haberse adherido Colombia a los objetivos del Milenio, esta estrategia acusa serias falencias. Se echa de menos una política “agropactiva” que al tiempo que impulse un crecimiento acelerado del agro promueva una política social rural eficaz e incluyente y, sobre todo, de largo aliento. 

Colombia, considerada por la FAO como uno de los seis países en el mundo, junto con Angola, Congo, Sudán, Argentina y Bolivia, en capacidad de contribuir a la seguridad alimentaria mundial, tiene muchísimo qué aprender de la experiencia de Brasil y su Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), gracias a la cual pasó de importador de alimentos en los años 70 a convertirse en el cuarto exportador mundial más grande de productos agropecuarios, con ventas en su mercado doméstico que superan los US $100.000 millones anuales. A fines de 1972 su producción de granos era de 30 millones de toneladas anuales, con un área cultivada de 28 millones de hectáreas; 40 años después en 2012 la cosecha superó los 160 millones de toneladas y el área cultivada se amplió a 50 millones de hectáreas, mostrando un gran aumento de la productividad, resultado de su inversión en C + T + I. Igualmente la producción de carne bovina, porcina y de pollo saltó de 2.7 millones de toneladas en 1972 a 22.3 millones de toneladas en 2012. Y qué decir de su producción láctea, que pasó de 11.160 millones de litros a 32.090 millones de litros en 2011. 

Bien ha dicho el Consejero de Obama en asuntos energéticos Mike Froman que “la seguridad energética, la economía, el medio ambiente, el cambio climático y la seguridad nacional están todos interconectados y tenemos que verlos en perspectiva horizontal”. 

 

Medellín, octubre 7 de 2014

www.amylkaracosta.net


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