Nov 15, 2019 Last Updated 4:09 PM, Oct 28, 2019

EL NEGRO GRANDE

Categoría: Opinión
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Estamos aquí y ahora para honrar la memoria y rendirle un merecido tributo de admiración y respeto al entrañable amigo Aníbal Martínez Zuleta, al Negro grande del Cañaguate y elevar nuestras plegarias  al Todopoderoso para que lo acoja en su seno. Este gladiador, que lo fue en vida, se hizo a pulso, nadando contra la corriente como solía hacerlo cuando mañaneaba a bracear en las cristalinas aguas del río Guatapurí, calificado por él como “la mejor farmacia de Valledupar”. Y no le faltaba razón, su salud se empezó a minar cuando a falta de ella, por la complicación de males que lo agobiaban, no pudo volver a su habitual ejercicio diario. Sospecho que él, persuadido como estaba del apotegma de Heráclito según el cual “ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”, porque sus aguas siempre están renovándose, encontró en ellas una forma de también renovarse él. De allí que considere como el mejor homenaje a este gran hombre el que le rindió el señor Alcalde de Valledupar Fredys Miguel Socarrás, de bautizar con su nombre al Ecoparque Lineal del Río Guatapurí. Él se lo ganó con creces!

Desde bien temprano se sabía que el hijo de la lavandera del Cañaguate iba a llegar muy lejos, lo que no era, como nunca ha sido, fácil para un hombre de provincia como él, sin rancios abolengos ni apellidos linajudos. Y se abrió paso a codazos en medio de esta sociedad excluyente y discriminante, apoyado sólo en su inteligencia y perspicacia, con arrojo y decisión hasta alcanzar las más encumbradas posiciones. Fue primero Diputado y después parlamentario por el Magdalena grande, el mismo que él se empecino hasta el final de sus días en volver a integrarlos, pero esta vez, desafiando el asfixiante centralismo, con la autonomía de la que no gozado ni antes ni ahora. Después lo fue por el Departamento del Cesar que él ayudó a prohijar y no desperdició la oportunidad de ser el segundo Alcalde por elección popular de su capital, a la que no dudó en catalogar como “Ciudad sorpresa Caribe”. Y cuánto no hizo por ella, sus obras lo trascendieron a él y por ello su impronta perdurará en la memoria agradecida de los vallenatos. Él prosiguió el impulso renovador y modernizador que le dio a Valledupar su primer burgomaestre, Rodolfo Campo Soto.

Y fue más lejos, se hizo elegir y reelegir, lo que entonces era posible y ahora se cuestiona, como Contralor General de la República, posición desde la cual le abrió caminos a muchos jóvenes profesionales, que se cuentan por montones, que de otra manera no habrían tenido las oportunidades que él generosamente les brindó. Así se ganó un espacio en el concierto nacional, para luego replegarse a su tierra natal, pero para seguirle sirviendo, para seguirla guiando con sus sabios consejos, de los cuales yo mismo me nutrí, porque nunca pasé por Valledupar sin visitarlo y escuchar la voz de su experiencia. La misma a la que se acostumbraron sus asiduos oyentes a través de su programa “Diálogos del país vallenato” que se transmitía a través de La voz del Cañaguate, en el cual alternaba con otro gladiador, Alfonso Araujo Cotes, su contertulio. Dice mi hermano Luis Eduardo, que fue uno de los tantos que se deleitó con sus enriquecedores diálogos, que a él al escucharlos le traían a la memoria el popular programa televisivo “El pasado en presente” que protagonizaron en su época dos gigantes del intelecto, Abelardo Forero Benavides y Ramón de Zubiría. 

Pero, como no hay dicha completa, Anibal Martínez Zuleta, que fue un hombre exitoso, realizado y que vivió hasta sus 87 años rodeado del afecto y el cariño de su ejemplar familia, la tristeza tocó dos veces a su hogar, el secuestro de mi gran amiga y ex colega, la ex senadora María Cleofe Martínez, La Coco y la trágica desaparición de sus tres hijos varones, sobreviviéndole sólo las cuatro mujeres. Ello empañó la felicidad de todos, pero especialmente de Anibal y su amada esposa, Ana Julia. Pero, como se dice coloquialmente en nuestra tierra, ellos hicieron de tripas corazón para pasar ese trago amargo y sobreponerse a tal adversidad. Y, como buenos cristianos, se resignaron ante la voluntad de Dios.

En sus últimos días, al momento de recibir el vivo testimonio de sus vástagos y descendientes sólo atinó a decir que “el pedacito de Alma” que le quedaba se lo habían “estremecido”. Pero el Alma se encoge no sólo en esos momentos postreros de nuestra parábola vital sino cuando a uno se le van los parientes, los amigos, porque, como diría Hemingway, cada vez que ello ocurre uno queda “disminuido”. Como dice Fernando Savater, uno “siempre trata de ensanchar la finitud angosta de la vida, para rebajar cuanto podamos la anchura agobiante de la muerte”, pero, al final ella llega inexorablemente. Qué le vamos a hacer. Paz en su tumba. 

 

Bogotá, octubre 24 de 2014

www.amylkaracosta.net

 


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