Categoría: Opinión
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Todo lo que tiene principio tiene fin. Pues bien, después de cinco luengos meses, duros, crueles, de resistencia, de apego  a esta vida terrenal, la muerte le puso término a la parábola vital de José Eliseo Vanegas Mengual, a quien cariñosamente llamábamos Cheo, quien fue en vida como un hermano más para mí. Con su dolorosa partida se fue el buen hijo, el buen hermano, el buen esposo, el buen padre, el buen abuelo y el buen y leal amigo, en grado superlativo.

 

Cheo fue para Nydia y para mí, además de compadre espiritual que no de cabuyita, el amigo de todas las horas, nuestra persona de confianza, nuestro confidente. La nuestra fue una amistad sin sombras, sin dobleces, puesta a prueba incontables veces a lo largo de casi medio siglo de avatares. Con él compartimos dichas y desdichas, alegrías y pesares, desde aquellos remotos tiempos de nuestra primera juventud en los que compartimos apartamento en Medellín. Estudiamos juntos en los mismos textos, las tareas y ejercicios, así como la preparación al alimón de las previas y los exámenes finales hasta culminar nuestra carrera de economista fueron. Desde entonces aprendimos que  cuando el fardo de agobios lo dividimos entre dos o más, compartiéndolos, se aligera la carga y se torna más llevadero y eso hicimos nosotros. 

Hablando de la amistad, Cheo no fue un amigo del común, fue un amigo especial, fue en vida figura hasta la sepultura; fue, como se suele decir coloquialmente en nuestro medio, hilo hasta el carreto. En síntesis, fue nuestro, porque incluyo a mi esposa Nydia, mejor amigo. Decía Plutarco que uno “no necesita amigos que cambien cuando cambio yo y asientan cuando yo asiento. Mi sombra lo hace mejor”. Yo necesito y voy a seguir necesitando, en cambio, amigos como Cheo, además de íntegros y probos, sin cálculos mezquinos, con criterio y que piensen con cabeza propia. 

No pocos acudían a Cheo para llegar hasta mí con las más variadas y a veces osadas e inverosímiles propuestas, pero él siempre, con toda la decencia y franqueza del caso les hacía ver y saber a los portadores de las mismas cuáles eran dignas de recepcionar y transmitirme a mí y cuáles no. Y no era fácil pasar por ese cedazo tan exigente. Y lo hacía así, porque él como yo siempre siguió al pié de la letra el precepto de Cicerón: “la primera ley de la amistad es pedir a los amigos cosas honradas y sólo cosas honradas hacer por ellos”. 

Como dijo León de Greiff, “la parca, la muerte, la torva…se lleva todo lo bueno que entre nosotros topa”. Eso ha venido sucediendo con tan caros amigos como Cheo y recientemente con María Inés Jiménez, a quienes se le anticiparon mi profesor Joaquín Curiel, y nuestros compañeros de luchas e ideales Orlando Cabana, Ever Díaz, Nenén Vence, el Gran Vásquez y su hijo Alvaro Gómez Ibarra, Cristina Gómez y el Comandante, William Pimienta. Cuando a uno se le muere un ser querido, como en este caso,  es como si se muriera una parte de nosotros. El alma, contrita, se encoge y se abate, por el duelo que nos embarga.

Como en la célebre canción de Alberto Cortés, “cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo. Cuando un amigo se va queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río”. Hoy es un día triste para nosotros por la partida hacia lo ignoto de nuestro gran amigo Cheo; pero, como creyentes estamos convencidos de que sólo estamos sepultando su cuerpo, convertido ahora en la inútil morada de su alma, ahora liberada. Por ello, nos reconforta saber, Señor, que quien cree en ti y Cheo fue un cristiano hasta los tuétanos, practicante y devoto fervoroso de la Virgen de los Remedios, no morirá para siempre. Paz en su tumba. 

 

Riohacha, abril 6 de 2014